Feeds:
Entrades
Comentaris

Oker

Sigo encerrada en mi habitación. Desde hace rato tengo sed, pero no me atrevo a salir. Aunque ahora no la oigo, sé que anda por ahí fuera, al acecho. Tiene un oído tan fino que, por más que yo crea que no hago ruido, ella siempre está en la puerta, aguardándome con esa mirada que no sé interpretar pero que, en todo caso, me echa para atrás. Especialmente ahora que se ha manifestado como una digna sucesora de Jack, sí, el Destripador.

Si no recibo auxilio exterior, en mi situación actual que me impide los movimientos rápidos… Para ser más exacta, que me impide los movimientos. Este dolor que me atenaza la espalda desde la zona lumbar  me invalida como ser móvil, y podré resistir apenas unos días, una semana como mucho.

Ahora me doy cuenta de que hubo circunstancias que teníamos que haber interpretado como indicios, o como oportunidades para librarnos de ella. A las cuatro horas de estar con nosotros en la casa se rompió una pata. ¡Pobrecilla, si es un cachorrillo! ¿Nadie recuerda el escalofriante sonido, en la noche, cuando rondaba con su pata de palo? Si la pirata detenía su ronda era que estaba destripando, ya en aquel entonces, lo que encontraba a su paso.

Ten paciencia, que aprenderá. Pues alguien le está enseñando al revés. Yo echo cuentas: dicen que para los de su especie los años corren de diez en diez, o más. ¿Cómo puede revelarse ahora tan aficionada a comerse cables, enchufes, auriculares, cascos? ¿Por qué destripa todos los cojines del sofá? ¿Piensa dejar algún pomo de algún mueble sin desmigajar? Yo lo interpreto como una señal a tener en cuenta porque, en realidad, su instinto natural es la carne, comer carne cruda…

Yo no pienso salir de la habitación hasta que alguien venga a rescatarme de las garras de Oker la Destripadora. Y quizá, cuando deje de tomar este cóctel de calmantes, pueda ver las cosas de otro color…

 

Ja sé que no es pot ocupar un espai públic sense autorització. Però tampoc es poden retallar les pensions de jubilació dels qui han treballat tota la seva vida. Ni les despeses per a la salut pública, que posen en perill, literalment, les vides de les persones. Ni es pot rebaixar el pressupost per a l’educació, més o menys encobertament, perquè en depèn directament el futur de tots plegats.

No es pot acampar indefinidament i sense permís a una plaça emblemàtica d’una ciutat, ni a cap altra. Però tampoc es pot anar de govern per a la pau, la llibertat i la democràcia i ser tots còmplices en la fabricació i venda d’armament com a grans productors, o mentir sobre els vols de la CIA i totes aquelles històries fosques respecte a assassinats per ordre de no se sap qui, o sí, de persones sense dret a judici. I és vergonyós fins a l’oprobi presentar-se com a candidat per a ser elegit per altres estant imputat en diverses causes penals. És infame, no es pot fer, i es fa. I ningú en demana comptes.

Quan les paraules no serveixen, ni les queixes escrites, ni les urnes, a fi de que canviïn les formes i el contingut del que és social i polític i, per tant, ens afecta a tots, ¿no es pot pensar en una altra manera de fer arribar la protesta?

Sabem del cert que la majoria dels que ens governen no tenen cap preocupació quotidiana i essencial que s’assembli a les nostres: On em tocarà que neixi el meu nadó? El torn mèdic que m’atendrà, serà prou bo? A la casa on tinc la fortuna de viure a cobert, ja hi cabrà tot el que és necessari? Si puc comprar-me un cotxe, on l’aparcaré? Com atendré la meva mare si viu a un barri amb zona verda que no puc pagar i el transport públic per arribar-hi em triga una hora i mitja, mentre que en cotxe són vint minuts, i a més a la nit ni t’ho explico? Trobaré plaça a l’escola que triï pels meus fills? Si algú dels meus es troba malament, podrà ser diagnosticat a temps i per minimitzar el sofriment? Podria seguir…

Ells tenen xofers, garatges, hospitals privats i, si no, es fan tancar els públics per a ells solets i ens diuen que mira què bo que és el servei de tots; paguen escoles diferents; treballen una part insultantment curta de temps i ja tenen dret a la pensió de jubilació completa…

Que perquè n’hi ha uns d’indignats, es preguntaran. No és per enveja: és per la injustícia, pel greuge, per l’insult. De cada dia, des de fa tants anys.

I què ha molestat de les concentracions? El civisme, l’educació, l’autogestió, l’intercanvi pacífic d’idees, l’organització a tots els nivells, els valors que es transmetien… i que s’encomanava perquè il·lusionava. I la gent que sortia de casa seva, de davant la tele… Perquè tenien raons i creien, potser ingènuament, que les podien defensar sense violència. Com allò que ens han ensenyat a admirar de Martin Luther King o de Gandhi.

Hipòcrites. Han trobat l’excusa. El maleït futbol. Que és prioritari. Que fins avui és l’única raó per la que la gent surt de casa, i es discuteix acarnissadament, i pot morir del disgust o l’alegria.

Si demà s’ha de celebrar la Champions, jo hagués posat als mossos a protegir de totes totes als indignats, per si algú, massa content per la beguda o d’aquells violents que de vegades s’infiltren, pretenia espatllar la pau. O hagués convidat als campions a anar a una altra banda: serà que no és gran la ciutat… i és de tots!

El món ens estava mirant i s’il·lusionava també, sobretot alguns joves. Doncs veieu: la policia de la democràcia colpejant persones assegudes i pacífiques. S’havia de netejar… No cola.

És un escàndol. És vergonyós. Però potser, en algun despatx, es va considerar que, per damunt de tot, els indignats el que són és perillosos per aquest sistema podrit…

Esperar

Me comenta un sobrino -un sobrino de esos que la vida te regala, que no son hijos ni de tus hermanos ni de tus hermanas, pero que son parte de tu familia de manera indisoluble-, me comenta, digo, acerca del tiempo que dedicamos en nuestra vida a esperar. Me habla de los tiempos entre dos situaciones, de que tarda dos horas y media en llegar al trabajo. De las pausas.

Los tiempos de las esperas son de distintos colores, pues se tiñen según el sentimiento que nos inspira lo que aguardamos. Amarillos o calabazas los de la espera de las notas de los exámenes, según hayamos estudiado o no. Gris claro o gris oscuro, dependiendo de que vayamos o volvamos del trabajo, cansados ya de la jornada. Azul es la espera del amor, roja la de un diagnóstico médico. Si aguardamos la llegada de un hijito, de una hijita, el tiempo toma todos los verdes, por la ilusión, los temores, los sueños, la alegría. Si quien se acerca es la muerte, la tonalidad siempre es muy oscura y no permite distinguir el color. La espera del fruto de lo bien hecho es anaranjada; la del momento de la reconciliación es púrpura, como el atardecer.

Mientras vivimos, esperamos. Y nuestra vida se colorea según lo que aguardamos. Y en las pausas, cuando nos detenemos un momento a meditar en qué estamos, podemos apreciar los matices, el brillo, el ángulo en que da la luz… y si en nuestra espera hay esperanza.

Deseo que en todo lo bueno que aguardas, tengas esperanza. Y en lo que no la tengas, encuentres el consuelo verdadero, el que quita la sed y el dolor del alma. Y, para después de esta vida, te deseo anclado en la esperanza viva.

Sr. Zapatero,

Le escribo como madre. Sepa usted que una de las cosas que procuro enseñarle a mi hijo es que la vida puede afrontarse bien o mal, tomando decisiones acertadas y sabias, frente a opciones imprudentes o directamente equivocadas y dañinas. Y que, a pesar de todo, ocurra lo que ocurra, siempre hay esperanza, porque los seres humanos tenemos la capacidad de escoger el bien, y andar unidos por ese camino.

Hubo un tiempo oscuro en que un presidente pretendió que le apoyábamos como país en una guerra contra personas como nosotros, que encima tenían la desgracia de ser gobernadas por un dictador sanguinario. Mi hijo recuerda las caceroladas de protesta que muchos ciudadanos llevamos a cabo para tratar de detener aquella locura argumentada con insultos a la inteligencia.

Su memoria tampoco podrá borrar los terribles atentados de Madrid. Era un niño de ocho años, y el horror de aquellos actos, de aquellas horas, de aquellas muertes incomprensibles e inexcusables, quedó grabado en su alma para siempre.

Entonces llegó usted, Sr. Zapatero. Como un soplo de esperanza para muchos, se lo comentaba al principio, para algunos niños también, pues ellos observan nuestro mundo con sus ojos receptivos y ávidos de bondades. Nos devolvió usted, a los pocos días, nuestras tropas en Irak. Y mi niño sonreía, lo recuerdo perfectamente. Yo veía en él su confianza en los adultos, que han dicho una cosa y la cumplen.

Luego… luego pasó todo lo que pasó, Sr. Zapatero. Que si la crisis no existía, que si lo de ‘aprobaré el Estatuto que salga del Parlamento de Catalunya’. Y muchas más cosas. No sé de cuántas se dio cuenta mi hijo mientras crecía. Ahora está en bachillerato. Por su naturaleza reflexiva, porque ha tenido también algunos buenos profesores, porque en la adolescencia todas las cosas se cuestionan, y porque en casa también procuramos que piense por sí mismo, se convenza de las cosas y actúe, mi hijo nos sorprende muchas veces con sus conclusiones. Que son meditadas y propias, pero son juveniles y a veces, por falta de datos, pueden ser un poco peregrinas.

Pero el otro día nos desconcertó en la mesa afirmando que cree que, después de ver cómo ha ido la Historia, el mejor gobierno es una dictadura. Sí, señor, una dictadura, dijo. Blancos los demás, ya se puede figurar, Sr. Zapatero. ¿Cómo dices, hijo? ‘Sí, con pocos muertos, los menos posibles…’ Yo tragué saliva. Afortunadamente, el bocado lo había tragado un momento antes de escuchar su afirmación, si no igual hubiéramos tenido una emergencia médica, además. ¿Por qué dices eso? Lo pregunté sin juzgar con mi tono de voz, con actitud de escucha activa, mirándole a los ojos… y con los pelos del alma de punta. Porque sabía que lo había pensado. ‘Por la corrupción que hay, mama’, dijo.

¡Ah! No se lo he comentado antes, Sr. Zapatero. Pero mi hijo no es muy hablador. Ése era su desalentado resumen después de observar el panorama con sus ojos, que van llegando a la edad adulta. Y sepa usted que en menos de un año y medio mi hijo podría votar, si quisiera.

Pero para que lo haga, para que deposite su confianza en alguien como para que gobierne su país, alguno debería darle de nuevo un poco de esperanza. Y orientarle bien. A mí no me va a escuchar demasiado, pues dice que las madres dulcificamos todo, respecto a ellos mismos y sus capacidades, respecto al mundo que les rodea… Mejor contéstele usted, Sr. Zapatero. Que siendo Presidente igual tendrá alguna clave que nos iluminará a los padres también, para no creer que se nos insulta por activa y por pasiva, día sí y día también.

Y ya puestos, dé las gracias a Strauss-Kahn. Ayuda mucho en todo esto que le comento.

Febe Jordà

No sé quién es, me dirás. Pues yo te lo cuento: una persona que vivió su vida con pasión y sencillez. Pasión por Jesús, a quien había conocido de manera personal siendo joven, gracias a su familia cristiana y su casa llena de Biblias, y pasión por las personas, muy especialmente las más necesitadas. Y sencillez, porque no se desvió tras las aclamaciones o reconocimientos públicos, la ceremonia, ni los grandes eventos multitudinarios.

El pasado miércoles 27 de abril sufrió un accidente de coche que le hizo perder su vida aquí en la Tierra. Y los que le recuerdan, los que hablan de él, insisten en su integridad, en su mensaje bíblico, sin concesiones a las modas, radical, y en su fe en su Dios y Salvador.

Uno de sus hijos, Gary, decía el día 29 de ese mismo mes: Mi padre fue conocido por su ilimitada fe. Él creyó que Dios podría cambiar las vidas de miembros de pandillas y transformar a los drogadictos más desesperados. Él creyó que una iglesia dinámica podría ser establecida en el corazón de Times Square, en la ciudad de Nueva York. Él creyó que podría ser un hombre que amara bien a su esposa e hijos. Y lo hizo.

En medio de tiempos tan confusos, donde nos conviene creer que todo es relativo para, no dando la talla, sentirnos igualmente magníficos, cobra un valor especial saber de personas íntegras, esforzadas, fieles. Y, aun sabiendo que no hablamos de perfección absoluta, la lealtad, la entrega y la honestidad nos abruman, por poco frecuentes.

David Wilkerson recogió su experiencia en el libro La Cruz y el Puñal, que fue llevado posteriormente al cine. Todo comenzó cuando en 1958 vio la foto en la revista Life de siete adolescentes condenados por asesinato, y tuvo compasión como la del Señor Jesús. El trabajo en aquel barrio, los conflictos, las pruebas, la lucha… y los triunfos en el nombre del Salvador impresionaron a millones (la película fue doblada a 30 idiomas), entre ellos a una servidora.

Han pasado más de tres décadas desde mi lectura del libro, y del que se leía a continuación, Corre, Nicky, corre, que era el testimonio de uno de los pandilleros convertidos a Cristo, y doy gracias a Dios porque yo he tenido el honor de conocer personalmente a mujeres y hombres de esta misma talla, aquí, cerca, a mi lado, en ámbitos distintos, pero con rasgos comunes que les identifican. Son personas que sueñan los sueños de Dios en favor de otras personas y trabajan incansablemente, porque saben en quién han creído, y conocen lo que Él es capaz de hacer.

Algunas ciudades, en determinados momentos, en según qué barrios y zonas, parecen querer aprisionarnos. Sólo presentan paredes, la mayoría de las veces en toda la gama de grises, ocres y marrones, a modo de laberintos carcelarios, con pocas posibilidades de salida.

Algunos días caminamos por las calles atendiendo a los semáforos, procurando no chocar con los otros peatones, intentando no pisar las deposiciones caninas, y vamos con prisa, abstraídos en nuestras miserias, que también nos atrapan y en ocasiones casi nos engullen.

Si por casualidad, o porque oímos el trino de un pájaro, o una radio que suena desde una ventana, alzamos los ojos, nos sorprendemos al ver las copas de los árboles columpiándose suavemente con el viento, en sus distintos tonos de verde que dejan filtrar porciones alargadas de sol. E instintivamente ralentizamos el paso y respiramos un poco más hondo. Y, si mostramos algo más de inteligencia activa, alzamos todavía más la vista y nos damos cuenta de que, más arriba, se ve el cielo, limpio, espectacularmente azul. Y nos preguntamos qué hacemos el resto del tiempo con la cabeza gacha en lugar de levantar la mirada, y cómo podemos ser tan descuidados con estas cuestiones. Entonces nos damos cuenta de que a lo lejos, más allá de los edificios, de los cables y de la ciudad, se encuentran las montañas, y encima, o detrás quizá, no se distingue muy bien, se levantan unos cumulonimbos (se llaman así, ¿verdad?), ¡que brillan en dorado!

Y todos los días podríamos disfrutar este espectáculo, o alguno parecido, u otro completamente distinto pero igual de impresionante. Simplemente deberíamos alzar la mirada, ¿no?

Algunas personas son felices contemplando escaparates de tiendas de ropa. A otras se les hace la boca agua frente a las pastelerías, colmados y ciertos establecimientos de alimentación presentados con esmero. A otras se les van los ojos admirando las joyas expuestas en esas delicadas muestras detrás de unos cristales que reflejan brillos exquisitos. Otras disfrutan acercándose a los libros.

Títulos, autores, diseños de portada… contraportadas, argumentos, más títulos, más autores, el olor del papel, más historias, los sueños que intuyes, las breves biografías de los escritores, los clásicos, la sección de novedades, el olor de la tinta, las rarezas, la música y la luz y el sabor y el olor y el frío y el hambre en palabras… los pasillos y las estanterías de la librería, la librera y el librero expertos, los poemas, más cuentos, la caricia furtiva a una portada especialmente atractiva… la alegría y la soledad y la perplejidad y el dolor y la traición y la pérdida, más poesía… Y se te pasa el tiempo que no te das ni cuenta, y no encuentras el momento de marchar, y te cuesta elegir entre tanto bueno y, si no fuera porque el bolsillo te ayuda a decidir y el espacio en tu casa te aconseja definitivamente prudencia, te llevarías diez, quince, veinte volúmenes en cada incursión a esos que tú consideras templos de todas las otras vidas posibles.

Este sábado 23 de abril en toda Cataluña es la fiesta de los libros y las flores, y la primavera y la alegría. Así lo vivimos muchos. Confieso que tiene más encanto cuando coincide con un día laborable y el ambiente es igualmente festivo. Pero de todos modos van a estar los autores firmando sus obras en las ramblas de los pueblos y ciudades, en las aceras delante de las librerías, acompañados de los puestos de rosas de colores casi imposibles. Estarán los autores consagrados, los que están haciéndose un huequecito en el universo de las palabras, y los absolutamente noveles.

Y para los lectores, especialmente, será su gran fiesta. Porque es cierto que muchos paseantes asaltarán las calles y se contagiarán de un espíritu obsequioso difícil de describir, que acompañado de sol y de multitudes, crece año tras año. Pero aquél que lee siempre, que tiene autores favoritos, el que ha descubierto a alguien… ése celebra sinceramente el motivo del día.

Aquí al lado estarán firmando Almudena Grandes, Elvira Lindo, Eduardo Mendoza, Carmen Posadas, Espido Freire, Emili Teixidor, Maruja Torres, Rosa Montero, Manuel Rivas, Asha Miró, Paul Preston, Sergi Pàmies… ¡Qué maravilla!

A veces se me atasca la pena. Una va cargando con lo que la vida, en su transcurrir cotidiano, te depara en cuanto a dificultades diversas: preocupaciones por la convivencia en la casa, las cuestiones de salud de la familia, la situación económica que hay que ir trampeando de la mejor manera que se te ocurre, los anhelos que van perdiéndose y ahogándose una no sabe dónde ni cuándo.

Pero hay ocasiones en que se suman golpes innecesarios, caprichosos e injustos en forma de decepciones tan grandes, tristezas tan abrumadoras, ofensas, que no es que se te hace un nudo, sino una pelota de nudos que se queda suspendida por encima del esternón, entre los pulmones, e irradia una opresión hasta los hombros que no te permite caminar erguida, un picor hacia los ojos y una pesadez hacia las piernas que te hace difícil avanzar.

Y te sientes tan anonadada que no puedes ni llorar. Te cuesta conciliar el sueño y si, después de noches de insomnio lo consigues porque tu cuerpo cae derrotado, apenas tienes unos segundos al despertar antes de que la pena vuelva a caer sobre ti con todo su peso.

Sabes que necesitas llorar, que te ayudaría a liberar parte de tu dolor. ¡Qué bendito mecanismo de alivio y sosiego! Pero no puedes. Y miras la programación de esa noche a ver si dan alguna película que ayude a llorar. Algunos ya me entendéis, pero quizá más algunas.

Pues bien, hoy necesito una peli para llorar.

Algunas personas disponemos de un balcón muy bien aprovechado: es trastero, y allí está el armario de herramientas y utensilios varios, útiles en raras ocasiones, pero que descansan en ese lugar con aspecto de practicidad y conveniencia para un posible futuro teórico; también lo usamos para tender la ropa, con la buena fortuna de que está orientado al sudeste y bien ventilado, pues da a una calle amplísima; y, además, es jardín.

Allí, en nuestro apañado balcón, juega nuestro perro (que también tenemos; bueno, para ser más exactos, no juega: mira pasar los coches, los autobuses, sus otros congéneres que en esos momentos no están prisioneros), y presumimos de cuatro tiestos en los que las plantas han decidido sobrevivir.

Hace seis días, seis exactamente, el jazmín echó una preciosa flor blanca. Hace tres, ya eran una veintena. Y ahora, que han comenzado a estallar como fuegos artificiales, el balcón huele a ese perfume penetrante que sólo recuerdo de mis vacaciones de pequeña en Valencia o en Andalucía, o en algún frasco de El Corte Inglés, sección perfumería, muy conseguido.

Esta mañana, antes de ir a trabajar, he salido a por una pieza de ropa al balcón. Con esto del cambio de hora de este fin de semana, apenas clareaba. Pero con el olor a jazmín, el frescor de la temperatura y una cita para comer con un querido amigo, el día prometía.

Sin embargo todo se ha estropeado cuando este amigo me ha contado someramente de su hermano y su mujer. Éste parece que es un hombre violento, que ha torturado psicológicamente a su compañera todo el tiempo que han convivido. Se han separado en alguna ocasión, luego se han reconciliado como en las películas, con lágrimas y buenos propósitos, y romanticismo… para volver a caer en lo mismo. Pero ya ha llegado el primer golpe físico. Ella le ha denunciado, él le ha pedido perdón, ella ha retirado la denuncia… ¡”y van a volver a intentarlo”!

¡Esto es de manual! Él volverá a golpearla. Ahora ya ha comenzado. Y la va a hacer vivir en el infierno y la matará, antes o después, en vida, o del todo. Es un maltratador, y la historia siempre, siempre, funciona así.

Hay niños, además, en medio de estas tristes existencias.

Es horroroso. No es que un día que empezaba bien se estropeó hacia la mitad. Es que hay una mujer cuya vida peligra, y unos niños que, de una manera u otra, también.

Hasta hoy, las espectaculares reconciliaciones parece que hacían sonreír, incluso reír, a los familiares cercanos. Desde el momento de la primera agresión física ya no hay lugar para la risa. Sí para la prevención y la protección. Frente a una muerta ya no hay remedio.

Aunque hoy lunes era el día oficial, el viernes estallaba ya en la ciudad la primavera, y un sol cálido y amigo bañaba las calles y los árboles, los rostros y nuestro espíritu. Eso en casa.

Porque al mirar hacia otros lugares, el corazón se nos sigue encogiendo. No sólo son las recientes veintiuna mil víctimas del terremoto y el posterior tsunami en Japón, así, en primera instancia, sin contar los otros cientos de miles de afectados. Es la alarma radiactiva, tan grave, que ya están el mar y los peces contaminados también, entrando en otra línea de la cadena alimentaria. Y nos cuestionamos al respecto de la obtención de energía para nuestro actual sistema de vida, y quisiéramos hacerlo con seriedad.

También miramos al sur, a lo que ocurre en los países árabes. Las revueltas, los muertos. Gadafi. Y pensaba cómo el pueblo libio debe querer sacudirse de encima al sanguinario dictador, que le masacra. Y cómo también, a estas alturas, tiene la esperanza puesta casi únicamente en el exterior. Y ésta se ha concretado… quizá. Yo recordaba lo que sabemos del ejército republicano español, en nuestra triste guerra, esperando también ayuda de los países libres. Y salvo los románticos de las Brigadas Internacionales, pocos más acudieron a detener al que se erigió en dictador en España.

Me sorprendo deseando una intervención militar en favor de los rebeldes libios, cuando estuve tan en contra de la intervención en Iraq. Si los gobiernos se inmiscuyen, me digo, es por los intereses económicos que hay en juego. O los electorales. O por cualquier otro rédito positivo que creen poder obtener, lo sé. Pero me abruma pensar en las personas sufriendo a manos de quien tiene la responsabilidad de llevarles a buen puerto.

Y me desespero. Porque frente al dolor de tantas mujeres, de tantos niños, de tantos hombres, no me siento con suficientes elementos para juzgar sin temor a equivocarme. Lo que sí tengo claro es que a Gadafi, y a todos los que son como él, alguien debe pararles los pies. De una vez por todas.