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Archive for 25 julio 2013

Hace una semana fui partícipe de una experiencia única. Era una luminosa tarde de verano y muchos acudimos a un templo, a una iglesia evangélica para más señas. ¡Qué alegría poder estar con los amigos cercanos! ¡Qué gusto reencontrar viejos camaradas, aquellos que nos acompañaron durante un tiempo, quizá hace muchos años! Cuántas personas recogidas en aquel lugar amplio y fresco para darse apoyo, para acompañar en una despedida, para celebrar una vida y al Dios de la vida.

Estuvimos cantando la mayor parte del tiempo a pleno pulmón, con convicción, con las voces afinadas, aunque no niego que quizá se quebraron en algún momento. Cantamos a Jesús todo el rato, al Señor, a lo que dijo, a lo que hizo; recordamos sus hermosas promesas que tienen por garantía la propia resurrección del Salvador.

“Mi corazón entona esta canción: ¡cuán grande es Él!

Antes de encenderse las estrellas, antes de existir el hombre aquí, antes de arruinar las cosas bellas, Cristo, el Cordero, se entregó por ti. No hubo solución aparte de la cruz…

Ahora soy de Cristo, mío también es Él; puedo gozar de su amistad por la eternidad…

Cara a cara espero verle, más allá del cielo azul…

Más allá del sol yo tengo un hogar, bello hogar…

Suenan las notas de la grata victoria; voy, pues, con gozo a mi dulce hogar.

¡Grata certeza! ¡Soy de Jesús! Hecho heredero de eterna salud… Esta es mi historia y es mi canción…

Esperando, esperando otra vida sin dolor, do me dé la bienvenida mi Jesús, mi Salvador.

Cuando allá se pase lista cierto estoy que por su gracia yo estaré…”

Esto cantamos y mucho más en el culto de despedida de una muy querida hermana nuestra, que ya había marchado a la casa del Padre. Desde un vídeo conmovedor nos hablaba de la única esperanza posible, de la necesidad de buscar al Señor mientras hay tiempo, de que los palos de la vida no son excusa… Y tenía una palabra especial para cada uno de los suyos más cercanos: los hijos, los nietos, los hermanos, el marido, las hermanas y hermanos de la iglesia…

Ella sabía en quién había creído y estaba agradecida. Por eso al final de su camino quiso un culto de alabanza, gratitud y adoración a su Señor. La enfermedad que se la llevó fue especialmente terrible, pero ella supo ver más allá de las cosas terrenales durante toda su vida, y en los peores momentos se sostuvo viendo al Invisible.

Este día que os refiero salimos con el corazón triste por la separación de nuestra hermana, pero a la vez lleno de ese gozo posible incluso en circunstancias de muerte, por el conocimiento personal de Dios y su amor hacia cada uno de nosotros. Lo habíamos estado recordando juntos, en medio de una multitud.

En la puerta, al despedirme del marido, me decía con su pena insoslayable pero lleno de paz: “El Señor es bueno y es fiel”.

Sí, es evidente que están locos, estos cristianos –parafraseando a Astérix y Obélix. ¡Pero qué locura gloriosa, ya anunciada por escrito en el libro más asombroso que jamás pudiéramos haber imaginado!

Ese mismo día, el enemigo también estuvo trabajando, como siempre, intentando estorbar y destruir. Pero la batalla final está ganada por este mismo Jesús allá en la cruz, y sabemos que los de limpio corazón y los pacificadores son los bienaventurados.

2012 08 j Mont-Saint-Michel (59)

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No dejan de sorprendernos, como madres, las capacidades de nuestros hijos, que son de la llamada generación de los nativos digitales y demuestran una destreza asombrosa para manejarse con mucho desparpajo y eficiencia en el mundo de las nuevas tecnologías.

Y añadiré que estas habilidades en concreto quizá nos sorprenden más, pues no se las hemos enseñado nosotras ni sabemos cómo o cuándo las han aprendido… y muchas veces a nosotras mismas nos suponen un ámbito no sólo desconocido sino que pone de manifiesto nuestra torpeza para la adaptación a los nuevos medios y recursos.

Los primeros niños digitales ya programaban nuestros relojes tipo Casio sin mirarse el manual de instrucciones, con sus pequeñas manitas y sus dedos ágiles. O los vídeos: ningún problema, y sin horas y horas de lectura de libritos –seamos sinceras- bastante mal explicados o en un castellano raro. Y luego -¿recordáis?- nos configuraron los móviles –que muchas ya considerábamos como conocimientos de nivel universitario- en no más de cinco minutos.

Nuestros hijos digitales se manejan por el mundo, por los mundos y por el infinito y más allá, con una soltura, un rumbo, un tino, que nos deja pasmadas.

Sin embargo, en algún punto de su cerebro algo falla. Quizá desde el momento mismo de su concepción ha sido formado de manera defectuosa, no sabría decir, pero hay hechos irrefutables que lo demuestran.

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¿Cómo es posible que ellos, nuestros hijos tan espabilados, que manejan Windows y Mac indistintamente, que no hay máquina de pantallita que se les resista, cómo es posible, me pregunto, que no sepan poner una lavadora? Porque no deja de ser extraño, ¿verdad? Clic en el botón de ON, clic en el de temperatura, y haber puesto algo de detergente en alguna parte (ya prescindimos del suavizante, venga). ¡Te dicen que no saben! Tampoco distinguen con claridad la ropa de color de la blanca… Que yo me digo: ¿en qué nos hemos equivocado?

Les he visto, a estos nativos digitales, no rendirse durante horas para conseguir en su ordenador lo que querían… pero pretenden que consideremos que su primer fracaso con la lavadora será suficiente para que les eximamos de la tarea para siempre. En fin…

Que yo, como madre, seguiré apostando por el desarrollo y la potenciación de sus capacidades, de todas, y conseguirán poner una lavadora, el lavaplatos, manejar la plancha sin desastres irreparables… ¡y llevaré a cabo con determinación y perseverancia lo que sea necesario para superar esta pequeña deficiencia cerebral que les viene de fábrica!

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