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Archive for 19 agosto 2010

Mensajes sin palabras

 Considerábamos la semana pasada la importancia de la educación de nuestros niños y el principio incuestionable de que, en primer lugar, ésta corresponde a los padres. También traíamos a nuestra memoria lo que, como creyentes en el Dios de la Biblia, suplicamos para nuestros pequeños desde que nacen: ´que sean hijos tuyos, Señor´. Finalmente nos cuestionábamos si los recursos que estamos facilitándoles como familia van en la línea de acercarles al Salvador o no.
Durante muchos años observé desde muy cerca el desarrollo de los niños en la iglesia, como educadora primero, con interés de madre después. Viví la pérdida de generaciones casi enteras de jóvenes que desaparecieron de entre nosotros y constaté que este fenómeno se repetía en otros lugares. Y por más de veinte años me preguntaba: ¿Por qué? ¿Por qué nos ocurre esto? Hasta que un día redescubrí este pasaje de las Escrituras:

´Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas.´ (Deuteronomio 6:4-9)
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Instruye al niño…

Queridos amigos y amigas, hoy traigo para vuestra consideración un tema relacionado de nuevo con nuestros vástagos. ¿Puedo preguntaros si ellos van a gusto a la iglesia o, por el contrario, tenéis que valeros de mil y un ardides para convencerles, seducirles, obligarles y, finalmente, llevarles? Quizá incluso, al tener una cierta edad –trece, catorce años, alguno más- han dejado de asistir con vosotros a las reuniones.

¿Por dónde comenzar a abordar esta cuestión? Siempre será mejor hacerlo por el principio, es decir, poniendo nuestros ojos en la palabra de Dios para valorar si el asunto merece nuestra atención, y si debemos preocuparnos o no al respecto, no vaya a ser que perdamos el tiempo en cosas sin relevancia alguna.

El mismo Señor Jesús habló de los niños y con tales palabras que no hay posibilidad de duda acerca de su importancia: cualquiera que recibe a un niño como éste, a mí me recibe, decía; no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños, lo cual indica que los niños pueden salvarse o no; cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeñitos que creen en mí, mejor le fuera si se le atase una piedra de molino al cuello y se le arrojase al mar. Caramba, el tema debe ser serio, entonces.
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