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Archive for 27 mayo 2011

Ja sé que no es pot ocupar un espai públic sense autorització. Però tampoc es poden retallar les pensions de jubilació dels qui han treballat tota la seva vida. Ni les despeses per a la salut pública, que posen en perill, literalment, les vides de les persones. Ni es pot rebaixar el pressupost per a l’educació, més o menys encobertament, perquè en depèn directament el futur de tots plegats.

No es pot acampar indefinidament i sense permís a una plaça emblemàtica d’una ciutat, ni a cap altra. Però tampoc es pot anar de govern per a la pau, la llibertat i la democràcia i ser tots còmplices en la fabricació i venda d’armament com a grans productors, o mentir sobre els vols de la CIA i totes aquelles històries fosques respecte a assassinats per ordre de no se sap qui, o sí, de persones sense dret a judici. I és vergonyós fins a l’oprobi presentar-se com a candidat per a ser elegit per altres estant imputat en diverses causes penals. És infame, no es pot fer, i es fa. I ningú en demana comptes.

Quan les paraules no serveixen, ni les queixes escrites, ni les urnes, a fi de que canviïn les formes i el contingut del que és social i polític i, per tant, ens afecta a tots, ¿no es pot pensar en una altra manera de fer arribar la protesta?

Sabem del cert que la majoria dels que ens governen no tenen cap preocupació quotidiana i essencial que s’assembli a les nostres: On em tocarà que neixi el meu nadó? El torn mèdic que m’atendrà, serà prou bo? A la casa on tinc la fortuna de viure a cobert, ja hi cabrà tot el que és necessari? Si puc comprar-me un cotxe, on l’aparcaré? Com atendré la meva mare si viu a un barri amb zona verda que no puc pagar i el transport públic per arribar-hi em triga una hora i mitja, mentre que en cotxe són vint minuts, i a més a la nit ni t’ho explico? Trobaré plaça a l’escola que triï pels meus fills? Si algú dels meus es troba malament, podrà ser diagnosticat a temps i per minimitzar el sofriment? Podria seguir…

Ells tenen xofers, garatges, hospitals privats i, si no, es fan tancar els públics per a ells solets i ens diuen que mira què bo que és el servei de tots; paguen escoles diferents; treballen una part insultantment curta de temps i ja tenen dret a la pensió de jubilació completa…

Que perquè n’hi ha uns d’indignats, es preguntaran. No és per enveja: és per la injustícia, pel greuge, per l’insult. De cada dia, des de fa tants anys.

I què ha molestat de les concentracions? El civisme, l’educació, l’autogestió, l’intercanvi pacífic d’idees, l’organització a tots els nivells, els valors que es transmetien… i que s’encomanava perquè il·lusionava. I la gent que sortia de casa seva, de davant la tele… Perquè tenien raons i creien, potser ingènuament, que les podien defensar sense violència. Com allò que ens han ensenyat a admirar de Martin Luther King o de Gandhi.

Hipòcrites. Han trobat l’excusa. El maleït futbol. Que és prioritari. Que fins avui és l’única raó per la que la gent surt de casa, i es discuteix acarnissadament, i pot morir del disgust o l’alegria.

Si demà s’ha de celebrar la Champions, jo hagués posat als mossos a protegir de totes totes als indignats, per si algú, massa content per la beguda o d’aquells violents que de vegades s’infiltren, pretenia espatllar la pau. O hagués convidat als campions a anar a una altra banda: serà que no és gran la ciutat… i és de tots!

El món ens estava mirant i s’il·lusionava també, sobretot alguns joves. Doncs veieu: la policia de la democràcia colpejant persones assegudes i pacífiques. S’havia de netejar… No cola.

És un escàndol. És vergonyós. Però potser, en algun despatx, es va considerar que, per damunt de tot, els indignats el que són és perillosos per aquest sistema podrit…

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Esperar

Me comenta un sobrino -un sobrino de esos que la vida te regala, que no son hijos ni de tus hermanos ni de tus hermanas, pero que son parte de tu familia de manera indisoluble-, me comenta, digo, acerca del tiempo que dedicamos en nuestra vida a esperar. Me habla de los tiempos entre dos situaciones, de que tarda dos horas y media en llegar al trabajo. De las pausas.

Los tiempos de las esperas son de distintos colores, pues se tiñen según el sentimiento que nos inspira lo que aguardamos. Amarillos o calabazas los de la espera de las notas de los exámenes, según hayamos estudiado o no. Gris claro o gris oscuro, dependiendo de que vayamos o volvamos del trabajo, cansados ya de la jornada. Azul es la espera del amor, roja la de un diagnóstico médico. Si aguardamos la llegada de un hijito, de una hijita, el tiempo toma todos los verdes, por la ilusión, los temores, los sueños, la alegría. Si quien se acerca es la muerte, la tonalidad siempre es muy oscura y no permite distinguir el color. La espera del fruto de lo bien hecho es anaranjada; la del momento de la reconciliación es púrpura, como el atardecer.

Mientras vivimos, esperamos. Y nuestra vida se colorea según lo que aguardamos. Y en las pausas, cuando nos detenemos un momento a meditar en qué estamos, podemos apreciar los matices, el brillo, el ángulo en que da la luz… y si en nuestra espera hay esperanza.

Deseo que en todo lo bueno que aguardas, tengas esperanza. Y en lo que no la tengas, encuentres el consuelo verdadero, el que quita la sed y el dolor del alma. Y, para después de esta vida, te deseo anclado en la esperanza viva.

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Sr. Zapatero,

Le escribo como madre. Sepa usted que una de las cosas que procuro enseñarle a mi hijo es que la vida puede afrontarse bien o mal, tomando decisiones acertadas y sabias, frente a opciones imprudentes o directamente equivocadas y dañinas. Y que, a pesar de todo, ocurra lo que ocurra, siempre hay esperanza, porque los seres humanos tenemos la capacidad de escoger el bien, y andar unidos por ese camino.

Hubo un tiempo oscuro en que un presidente pretendió que le apoyábamos como país en una guerra contra personas como nosotros, que encima tenían la desgracia de ser gobernadas por un dictador sanguinario. Mi hijo recuerda las caceroladas de protesta que muchos ciudadanos llevamos a cabo para tratar de detener aquella locura argumentada con insultos a la inteligencia.

Su memoria tampoco podrá borrar los terribles atentados de Madrid. Era un niño de ocho años, y el horror de aquellos actos, de aquellas horas, de aquellas muertes incomprensibles e inexcusables, quedó grabado en su alma para siempre.

Entonces llegó usted, Sr. Zapatero. Como un soplo de esperanza para muchos, se lo comentaba al principio, para algunos niños también, pues ellos observan nuestro mundo con sus ojos receptivos y ávidos de bondades. Nos devolvió usted, a los pocos días, nuestras tropas en Irak. Y mi niño sonreía, lo recuerdo perfectamente. Yo veía en él su confianza en los adultos, que han dicho una cosa y la cumplen.

Luego… luego pasó todo lo que pasó, Sr. Zapatero. Que si la crisis no existía, que si lo de ‘aprobaré el Estatuto que salga del Parlamento de Catalunya’. Y muchas más cosas. No sé de cuántas se dio cuenta mi hijo mientras crecía. Ahora está en bachillerato. Por su naturaleza reflexiva, porque ha tenido también algunos buenos profesores, porque en la adolescencia todas las cosas se cuestionan, y porque en casa también procuramos que piense por sí mismo, se convenza de las cosas y actúe, mi hijo nos sorprende muchas veces con sus conclusiones. Que son meditadas y propias, pero son juveniles y a veces, por falta de datos, pueden ser un poco peregrinas.

Pero el otro día nos desconcertó en la mesa afirmando que cree que, después de ver cómo ha ido la Historia, el mejor gobierno es una dictadura. Sí, señor, una dictadura, dijo. Blancos los demás, ya se puede figurar, Sr. Zapatero. ¿Cómo dices, hijo? ‘Sí, con pocos muertos, los menos posibles…’ Yo tragué saliva. Afortunadamente, el bocado lo había tragado un momento antes de escuchar su afirmación, si no igual hubiéramos tenido una emergencia médica, además. ¿Por qué dices eso? Lo pregunté sin juzgar con mi tono de voz, con actitud de escucha activa, mirándole a los ojos… y con los pelos del alma de punta. Porque sabía que lo había pensado. ‘Por la corrupción que hay, mama’, dijo.

¡Ah! No se lo he comentado antes, Sr. Zapatero. Pero mi hijo no es muy hablador. Ése era su desalentado resumen después de observar el panorama con sus ojos, que van llegando a la edad adulta. Y sepa usted que en menos de un año y medio mi hijo podría votar, si quisiera.

Pero para que lo haga, para que deposite su confianza en alguien como para que gobierne su país, alguno debería darle de nuevo un poco de esperanza. Y orientarle bien. A mí no me va a escuchar demasiado, pues dice que las madres dulcificamos todo, respecto a ellos mismos y sus capacidades, respecto al mundo que les rodea… Mejor contéstele usted, Sr. Zapatero. Que siendo Presidente igual tendrá alguna clave que nos iluminará a los padres también, para no creer que se nos insulta por activa y por pasiva, día sí y día también.

Y ya puestos, dé las gracias a Strauss-Kahn. Ayuda mucho en todo esto que le comento.

Febe Jordà

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¿David Wilkerson?

No sé quién es, me dirás. Pues yo te lo cuento: una persona que vivió su vida con pasión y sencillez. Pasión por Jesús, a quien había conocido de manera personal siendo joven, gracias a su familia cristiana y su casa llena de Biblias, y pasión por las personas, muy especialmente las más necesitadas. Y sencillez, porque no se desvió tras las aclamaciones o reconocimientos públicos, la ceremonia, ni los grandes eventos multitudinarios.

El pasado miércoles 27 de abril sufrió un accidente de coche que le hizo perder su vida aquí en la Tierra. Y los que le recuerdan, los que hablan de él, insisten en su integridad, en su mensaje bíblico, sin concesiones a las modas, radical, y en su fe en su Dios y Salvador.

Uno de sus hijos, Gary, decía el día 29 de ese mismo mes: Mi padre fue conocido por su ilimitada fe. Él creyó que Dios podría cambiar las vidas de miembros de pandillas y transformar a los drogadictos más desesperados. Él creyó que una iglesia dinámica podría ser establecida en el corazón de Times Square, en la ciudad de Nueva York. Él creyó que podría ser un hombre que amara bien a su esposa e hijos. Y lo hizo.

En medio de tiempos tan confusos, donde nos conviene creer que todo es relativo para, no dando la talla, sentirnos igualmente magníficos, cobra un valor especial saber de personas íntegras, esforzadas, fieles. Y, aun sabiendo que no hablamos de perfección absoluta, la lealtad, la entrega y la honestidad nos abruman, por poco frecuentes.

David Wilkerson recogió su experiencia en el libro La Cruz y el Puñal, que fue llevado posteriormente al cine. Todo comenzó cuando en 1958 vio la foto en la revista Life de siete adolescentes condenados por asesinato, y tuvo compasión como la del Señor Jesús. El trabajo en aquel barrio, los conflictos, las pruebas, la lucha… y los triunfos en el nombre del Salvador impresionaron a millones (la película fue doblada a 30 idiomas), entre ellos a una servidora.

Han pasado más de tres décadas desde mi lectura del libro, y del que se leía a continuación, Corre, Nicky, corre, que era el testimonio de uno de los pandilleros convertidos a Cristo, y doy gracias a Dios porque yo he tenido el honor de conocer personalmente a mujeres y hombres de esta misma talla, aquí, cerca, a mi lado, en ámbitos distintos, pero con rasgos comunes que les identifican. Son personas que sueñan los sueños de Dios en favor de otras personas y trabajan incansablemente, porque saben en quién han creído, y conocen lo que Él es capaz de hacer.

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