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Leo con un profundo pesar y absoluto pavor el último editorial de una revista cristiana evangélica de larga trayectoria en el mundo protestante. También accedo a la reseña de las palabras de un cardenal católico sobre el mismo tema. Pero confieso que me duelen mucho más las del medio protestante, por cercano, por querido, por haber estado presente en mi vida durante muchos años. Y me pregunto: ¿qué clase de disyuntiva es esta?

La tristeza responde a la constatación de lo que muy probablemente es soberbia, la que implica creer que el que no piensa exactamente como yo (en política, en cuestiones eclesiales, en lo que sea) está tan, pero tan equivocado, que queda automáticamente excluido de la salvación, y su nombre no puede constar en el libro de la vida (¡hasta parece que hay quien está deseoso de ir con la goma a borrarlo!).

Y me pregunto cuándo hemos aprendido así a Cristo. Él, el diseñador de la diversidad y lo plural, el de la creatividad infinita, no llamas jamás a la uniformidad. Por supuesto que suscribimos el Credo (¡por si alguien lo duda!). Y queremos acomodar nuestra vida, nuestra cotidianidad, los valores que la rigen, al espíritu de nuestro Señor y Salvador. También en las cuestiones sobre política. ¿Por qué alguien se atreve, no ya a insinuar que no es así, sino a plantear una dicotomía insalvable?

La consternación sigue por la negación de un hecho más que evidente: que el cuestionamiento del inadmisibledespreciable y satánico nacionalismo catalán viene de parte del irrevocable, glorioso y divino nacionalismo español. ¿O no? ¿En serio creen que no se nota, o que no se sabe que es nacionalismo también?

Y aquí humildemente se me ocurre: ¿quién es el supremacista? ¿no es el que considera que el único que tiene derecho a existir es uno mismo… porque los demás no están a la altura, se equivocan, o pecan… y mejor eliminarlos?

El pavor viene por la identificación y asimilación, al parecer incuestionable, de unas determinadas ideas políticas basadas en los principios del Movimiento Nacional -surgido de un golpe de estado que implantó un régimen autoritario y dictatorial arrollando militarmente una república democrática- y que heredaba en gran medida ese pensamiento fundacional de España basado en la eliminación de cualquier diferencia. ¿Españoles musulmanes? ¡Fuera! ¿Españoles judíos? ¡Largo! ¿Españoles protestantes? ¡Quémalos! O encarcélalos, a todos, y pídeles que se arrepientan, y que confiesen su error, y que abjuren públicamente. Sí, en plan Contrarreforma… Y retomo la frase: el pavor viene por suscribir que justamente eso es lo que dice la Biblia. Y que quien no piense así, no es cristiano.

Se nos dice, entre otras cosas, que incitamos al odio. Claro: discrepar es incitar al odio. ¿En serio se pretende dar por buena esta premisa? Vean el odio en las concentraciones masivas y festivas de los unos, y comparen. Sí, ya sabn con quiénes. Con los que, además, suelen quedar impunes de su violencia pública y registrada. Y de nuevo comparen. Sí, ya saben con quiénes, los que están encarcelados siendo pacíficos y pacificadores.

Y mientras los hay que siguen llamándonos nazis y supremacistas e inventando mentira tras mentira respecto a la vida en Cataluña en general (desde hace muchos años) o sobre la educación más concretamente, de nuevo, nos mata que nuestros hermanos no se molesten no ya en contrastar mínimamente las informaciones sino, por lo menos, mirar de obtener algún pequeño dato más. Por ejemplo, yendo a fuentes directas, es decir, los hermanos en la fe que viven en Cataluña. ¡Ah, no! Ellos son enemigos, y nazis y supremacistas, y separatistas-secesionistas-independentistas (¿nadie se da cuenta de que estas tres últimes palabras no son negatives en sí mismas? ¡Solo lo son porque se refieren a Cataluña con respecto a España!).

Porque toda la argumentación en favor de la independencia y la soberanía (que es distinto de nacionalismo) resulta hermosa, épica, una edificante historia de lucha y liberación en el caso de muchos de los pueblos del mundo (de Asia, Latinoamérica, Europa…), pero Cataluña, en esa misma tesitura, resulta que queda, por definición, en el lado oscuro, del lado del diablo. Por favor…

El amor busca el bienestar del otro, su felicidad. Incluso si el otro se equivoca concede respeto y da libertad… ¡Mira! ¡Como hace Jesús con los humanos! Pero mis hermanos… mis hermanos no. Y aplican la visceralidad buscando cómo justificarla con algún argumento pseudobíblico.

¿Cristianismo o nacionalismo? Venga, venga. No hay nada que elegir, ése no es el dilema. Ni siquiera cristianismo o soberanía.

Mejor cristianismo y más justicia, o cristianismo y cómo abordar los desacuerdos, o cristianismo y amar a tu prójimo como a ti mismo, o cristianismo y espíritu crítico y constructivo.

Y sigo triste, y muy preocupada, por la mezcla arbitraria de conceptos; la confusión entre firmeza de convicciones con agresión, o entre principios del nacionalcatolicismo y Biblia, o la no distición entre argumentos y descalificaciones e insultos; y las actitudes…

Termino ya. Con la convicción de que si no aplicamos en serio alguno de los principios de Jesucristo, la iglesia del Señor no solo está haciendo un flaco favor a la sociedad en medio de la que debe ser luz, sino que está siendo infiel a la misión recibida.

Amaos, sed benignos, orad los unos por los otros. Enseñaos, exhortaos, no os juzguéis los unos a los otros. Aceptaos (‘recibíos’ en RV60), soportaos, perdonaos los unos a los otros. No os envanezcáis, preocupaos, consolaos los unos a los otros.

El resumen de todo el párrafo es el primero de estos mandamientos: amaos los unos a los otros… como yo os he amado, dice el Señor.

 

*Publicado en http://www.lupaprotestante.com

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Desde aquí *

El 11 de julio de 2010, en el Estadio Soccer City de la ciudad de Johannesburgo, Sudáfrica, se jugó la final del mundial de fútbol. Con un gol de Andrés Iniesta en el minuto 116, España se llevó la victoria frente a la selección de los Países Bajos.

Yo no soy muy aficionada al fútbol, pero ese día acompañé a la peña de jóvenes que se presentó en casa para la ocasión, y vi el partido entero, en medio de la expectativa, la tensión y el sufrimiento que estas contiendas suelen generar.

Dos días después, un colaborador de este periódico, José de Segovia -tan aficionado al fútbol como yo, me temo-, hizo una reseña del citado partido y de cómo lo vivió, entre otras cosas. La culpa de la derrota de Holanda, decía, fue del árbitro. Y yo me quedé pensando si habíamos estado viendo el mismo partido, porque desde la península se vivió de otra manera…

Esta pequeña introducción la traigo a colación porque es evidente que, frente a un mismo hecho, siempre puede haber diferentes interpretaciones, precisamente por los distintos puntos de vista desde los que se parte.

La cuestión de Cataluña también es un buen ejemplo. Y es ahí a donde yo, humildemente, pretendo acercarme hoy de nuevo.

Escribo el jueves por la mañana, después de que ayer el Parlament de Catalunya aprobara la Llei del Referèndum. Y, en medio de todo este jaleo que nos traemos entre manos, voy a exponer (y quizá me repito) algunas de las ideas o argumentos que se manejan desde aquí. No por orden de peso, no por preferencia popular, ni tampoco por absoluta validez teórica como premisa. Pero es lo que hay, y cerrar los ojos a esta realidad –como si no existiera- y no abordarla quizá son los polvos que nos han traído estos lodos.

Y empiezo la relación.

Por aquí no se considera que el concepto de patria con la delimitación actual del territorio (la que quedó dibujada después del tratado de París en 1898 donde se perdieron Cuba y Filipinas, más la venta de las Islas Marianas, Carolinas y Palaos por el tratado hispano-alemán en 1899, más el abandono del llamado Sahara Español en 1976 sin traspasar la soberanía…), no se considera, digo, algo sacrosanto e inamovible por la eternidad. Y esta visión es un hecho no sólo en Cataluña sino también en muchos lugares de Europa, como referente más cercano. Patria es otra cosa.

Otra de las ideas que aquí no tiene calado en general es que las leyes tengan también este rango sagrado e inmutable que se pretende, la Constitución Española del 78 tampoco. Son consensos que, como herramientas, permiten la convivencia durante un tiempo, hasta que cambia el paradigma y dejan de ser útiles por obsoletas y porque lastran la vida de los ciudadanos. El 60% de la población española no la votó, y de los que votaron, algunos de los más ardientes constitucionalistas a día de hoy votaron que NO, que no la querían. Qué cosas.

Una de las afirmaciones que aquí se considera un insulto flagrante, por atentado a la inteligencia, es la afirmación de que es más democrático no votar que votar, o que los verdaderamente demócratas no irán a votar el 1-O. ¿Perdón? No ha acabado de colar, ya digo.

Otra de las cuestiones que choca es el tema del diálogo, tan traído y llevado de boca en boca, pero que al final venía a decir: “Hablemos, dialoguemos; podéis hablar de cualquier tema… menos del que queréis hablar, menos del tema que os preocupa”. Sí señor.

Ya he dicho al empezar que todo esto que reseño es cómo lo ve y lo vive mucha gente aquí en Cataluña.

También se hace una distinción clara entre legítimo y legal. Ya citamos, creo, que la esclavitud, por ejemplo, era legal, pero era legítimo pretender abolirla. No insisto.

¿Y qué razones se pueden tener, desde Cataluña, para querer bajarse del carro? Pues el parecer es que todas y ninguna. Porque no hacen falta. Porque en democracia un cambio de voluntades debe ser considerado como razón suficiente, sin argumentos históricos, ni de agravios. Es cuestión de consultar las opiniones, de ponerse de acuerdo una mayoría, y decidir. Para esto cabe señalar, por si alguien no se percata, que las urnas no es que sean necesarias: es que son imprescindibles.

Otro de los asuntos que se ponen sobre la mesa y aquí deja perplejo al personal es el de pretender que es pertinente que el resto de comunidades autónomas decidan sobre el destino de Cataluña. Se entiende como que un vecino pretende decirte de qué color tienes que pintar las paredes de tu casa, qué muebles y cortinas comprar, y cómo educar a tus hijos. Los catalanes tampoco se creen con derecho de votar sobre temas de Castilla-La Mancha ni del País Vasco, por ejemplo.

“¡Es que esto que ocurre con Cataluña no se ha visto antes!”. Ya. ¿Y?

La voluntad era llevar a cabo un referéndum pactado con el Estado, pero no ha podido ser. La demanda ha sido, durante siete años, pacífica, clamorosa, multitudinaria. Primero se ha negado la evidencia. Luego se ha pasado a la burla, al desprecio y al ninguneo. Después se ha pasado al acoso, mediante medidas de asfixia económica, destrucción de estructuras necesarias (la sanidad catalana, por ejemplo), y finalmente toda la caballería desde la judicialización de lo que son cuestiones políticas. Es como en los casos de los divorcios malos, una pena.

Ahora hay quien propone reformas constitucionales, y con unos aires de suficiencia… ¿Ahora? ¡A buenas horas, mangas verdes! Siete años de tiempo. O cinco. Muchos, en todo caso.

Uno de los datos que un demócrata ‘verdadero’ consideraría es que el 80% de la población catalana quiere expresarse sobre la cuestión del futuro político de Cataluña. Se quiere votar, tanto para decir que SÍ como para decir que NO. Y es que aquí la gente quiere votar… en una supuesta democracia. Pues eso.

Es evidente que en Cataluña hay discrepancia, por este tema que consideramos… y por muchos otros. Pero no hay conflicto social, ni disturbios, ni violencia callejera. Ni la ha habido en todos estos años. Y en todas las casas y en todas las familias hay pareceres contrarios respecto a esta cuestión, y se siguen queriendo, y celebrando la Navidad y los cumpleaños juntas. Se ha hablado, se ha discutido, en ocasiones se ha faltado al respeto –es verdad-, e incluso ha habido escenificación de bronca, como ayer en el Parlament. Pero hay que observar y ver, y procurar formarse un criterio propio, mirando de sopesar reflexiones y argumentos, abstrayéndose de los medios parciales y subvencionados (de aquí, de allá, de todas partes) que pretenden “informarnos”.

En Cataluña se es consciente de que algunas personas en el mundo miran a este pequeño país. Y algunas de ellas, de personalidad relevante, no condenan lo que ocurre, ni las aspiraciones y demandas.

Yo no sé si había otra manera, que seguro que sí, pero visto lo visto no sé cuál hubiera podido ser. Y muchos de mis conciudadanos tampoco. Cuando todo es NO, y más NO, desde aquí tampoco parece tan descabellado haber tirado por la calle de en medio.

Están locos, estos catalanes. Puede que sí. Pero muchos más bien están en aquello de I have a dream. De empezar de nuevo, de construir, de procurar dejar atrás los defectos y corrupciones del pasado.

Y, locura o no, un poco de todo esto es lo que hay.

*Artículo publicado en Protestante Digital el 9/09/2017

Llegas de Francia con tus chicos y estás contenta por los momentos de familia, por el buen tiempo, por lo singular de lo que has visto, por la comida buena.

“Mama, que mires el móvil”. Alarma. Y llamas a tu otro hijo.

“Que me dicen que si esta chica tiene familia, que venga rápido. Que no pinta bien”. El suelo desaparece de debajo de tus pies.

Dolor intenso, intenso. Y pánico.

El viaje en tren lo haces llorando. Y orando. Estás desolada.

Y entras en la habitación, y solo quieres ver a tu hija, que te sonríe entre las sábanas, tan pálida, tan débil, tan pequeña. Y la besas y te alegras de tenerla entre tus brazos.

Y se instala un pacto de amor y de paz. Estamos juntas, estaremos todos juntos. Y podremos sonreír, y hablaremos. Y especularemos sobre lo que no sabemos, tan incierto y terrible, pero suavemente.

Porque sabes que nada está en tus manos, apenas nada. Y cubrirás a tu hija con la colcha, por si tiene frío, que no tiene. Por proteger. Y cortarás su comida a pedacitos pequeños, y la fruta, y comprarás galletas o lo que te pida, para que solo consiga ingerir dos cucharadas de caldo y un gajo de mandarina. Y ésa será la buena noticia del día: lo que ha conseguido comer.

No hay diagnóstico, pero ves la preocupación en el personal médico. Y todo lo que te dicen es malo o muy malo, así que prefieres quedarte con lo primero, e instalar ahí tu esperanza.

Los días pasan, ni lentos ni rápidos. Estamos en otra dimensión, desconectados de la vida de antes, aislados en una burbuja donde lo que importa es extraño y absurdo.

Pero hay cariño y buen humor incluso, y confianza en que el camino que haya que recorrer será en compañía. Y la valentía de tu hija es tu consuelo.

Y tú hablas con tu Dios, el que sabes que te ama. Y no le preguntas por qué ni por qué a ti, porque piensas que no puedes aportar ninguna razón que te exima de sufrir. Tú sabes que hay un plan y que se libra una batalla, aunque no alcanzas a dimensionar en cuantos campos.

Y sabes también que tu Señor no es un Dios poderoso, sino el Todopoderoso. Sea cuál sea el diagnóstico, Él podrá sanar absolutamente. Pero no conoces cuál es su idea en el caso de tu hija. Así que le pides fuerzas, fuerzas para ti y para todos, para cada día, para cada momento, cada vez que la pinchan -¡mil veces al día!-, que la llevan y la traen para tantas pruebas… en silla de ruedas porque no se tiene en pie…

A ti se te ha instalado una tristeza profunda, profundísima. Pero no te agarrota a pesar de la impotencia. ¡Te cambiarías un millón de veces por tu niña!

Y puedes ver a los ángeles. En el abrazo apretado, al bajar del tren; en la casa abierta, para todos los días que necesites; en la delicadeza de las enfermeras; en los que respetan tu dolor y no te agobian; en los que vienen a la UCI solo para aguantar tu abrigo y el bolso en la sala de espera.

Y crees intuir que todo estaba previsto, porque el único médico que conoces en Madrid trabaja en este hospital y es amigo, porque hace un par de meses que hay una quimio nueva de dos horas en lugar de seis, porque los aparatos de radioterapia están recién estrenados para tu niña. Y suma y sigue.

Y cuando ella vuelve del país de los sueños, a donde ha marchado sin avisar y sin que estuviera previsto, y tú todavía entiendes menos lo que está ocurriendo, te das cuenta de que, aun en medio de la bruma, le han vuelto las fuerzas y, por fin, las ganas de comer.

Y comienza la caída del cabello y agradeces que tu otra niña está allí, y ayuda a su hermana a dejarla preciosa. Y llegan los cursos de pañuelos. Y de maquillajes. Y tu corazón se encoge y se encoge.

Y debes acostumbrarte a contener las lágrimas cuando la miras sin el pañuelo y tampoco le ves las cejas ni pestañas. Pero como ella te sonríe…

Y al final… al final te das cuenta de que, en medio de la terrible tormenta, el Maestro no dormía en la barca sino que ha estado todo el tiempo allí, erguido, majestuoso, increpando al viento y diciéndole: “¡No soples tan fuerte, hoy no!”, y a las olas: “¡Eh, eh! ¡Sólo hasta aquí, nada de anegar la barca!”.

Y sí, Ebenezer[i], pues hasta aquí te ha ayudado, os ha ayudado, el Señor.

 

 

[i] “Roca de ayuda”

Ángeles en Madrid


Sí los hay, a estas alturas del siglo XXI. Nunca los había visto antes, pero están entre nosotros.

El Madrid de otros tiempos era familia y risas de niños, edificios imponentes, vacaciones, luces, encuetros con amigos y actividades docentes, espacios amplios, la plaza Mayor, una cañita y bocadillos de calamares, historia familiar en el Hotel Palace, recuerdos en la iglesia de Chamberí…

El de ahora es otro Madrid. Es el Madrid del dolor, la incertidumbre, la espera de la sentencia, el pánico. Y es en este Madrid donde los ángeles se han mostrado de manera inesperada, porque se encuentran de incógnito repartidos por la ciudad. Pero los hemos identificado.

En esta época siguen vistiendo de blanco, aunque no con túnicas. Lucen uniforme de camisa y pantalón de algodón o batas hasta la rodilla por encima de la ropa, blanco todo, y sábanas y esponjas jabonosas en las manos, o termómetros en los bolsillos, o jeringas y sueros en carros ruidosos, o fonendos colgados del cuello.

Y sabes que son ellos por esa mirada de calor tierno cuando te saben vulnerable, o la palabra dulce que te regalan en el momento más terrible, o por el apretón en el brazo cuando ya no tienes fuerzas para contener las lágrimas.

Uno de los ángeles está en la planta quinta, se hace pasar por doctora, y deseaba de corazón que lo que le pasa a mi niña no fuera de su incumbencia, pareciendo incluso que luchaba por un diagnóstico más favorable de la especialidad de la segunda planta.

Otro de los que hemos identificado lucía una melena pelirroja, y apareció por la noche con la excusa de tomar la tensión a la chiquilla, y nos vio el susto incluso a oscuras, y se quedó hablando con nosotras y explicándonos lo que necesitábamos oir. Justo antes de retirarse, nos dijo con una sonrisa pícara: “Por cierto, me llamo Esperanza”.

Hemos conocido algunos más. Uno se hacía pasar por paciente y se interesaba genuinamente por la salud y los progresos del tratamiento de mi hija.

Y durante todo este tiempo difícil, uno que, desde la discreción, seguía todas las incidencias desde el principio, los resultados de las pruebas, subía a dar ánimos y explicaciones claras, y a hacernos reir si era necesario, y que se presentó sin más disimulo y de manera inmediata en el día más oscuro, cuando la soledad abrumaba ya tanto que sentías sobrepasadas tus fuerzas, tu ánimo y casi todas tus reservas frente a lo que estaba ocurriendo. Y vino con refuerzos, y nos regalaron el abrazo acogedor, los besos, las palabras de bálsamo para el espíritu.

He cogido tanta práctica en la identificación de estos seres maravillosos, ¡que soy capaz de detectar a los que ni siquiera visten de blanco! Algunos te preparan una tila doble en la madrugada o, con su apariencia de casi 70 años, son capaces de bajar volando dos pisos para preguntarte por la niña antes de que tomes el ascensor.

Ahora, sobre todo, necesito ver los ojos de ese otro ángel que duerme en algún lugar que deseo de todo corazón que sea plácido; necesito su dulzura y sus sonrisas, su ánimo sereno, y necesito, necesitamos, que sea pronto, cuanto antes muchísimo mejor.



Aviso antes de empezar que voy a hablar de catalanas y catalanes. Y de puestos destacados que ocupan en algunos rankings de Europa y del mundo.

Hace unos meses una de mis hermanas me comentó que en su iglesia les habían estado informando acerca de un congreso misionero de las Iglesias Bautistas de Marylandi, en EEUU, cuyo tema central era las etnias y comunidades no alcanzadas por el evangelio en el mundo. En uno de los seminarios se exponía que, hoy en día, se da el caso de etnias que viven en medio de otras culturas y permanecen con sus propias características e idiosincrasia, y pusieron como ejemplo el de los vaqueros mexicanos en Texas que no se identifican con los vaqueros texanos y hacen vida separadamente.foto-bcn

Y aquí es donde me llegó el dato, tan sorprendente que me dejó realmente perpleja e incrédula. Tanto es así que pedí los apuntes y dosieres que se me pudieran facilitar para convencerme de lo que me estaban diciendo.

En este momento es cuando requiero un redoble de tambores para una tercera posición en la clasificación mundial, que vendría a ser una medalla de bronce en lenguaje deportivo: la tercera comunidad menos alcanzada del mundo es la catalana. La catalana de lengua materna, y catalanohablante.

Primera reacción: ‘Este dato es absolutamente incorrecto.’

Segunda reacción: ‘No puede ser, porque en Cataluña hay más de 700 puntos de testimonio evangélico.’

Tercera reacción: Pausa…

Cuarta reacción: ‘¿Y si es verdad?’

Tercera posición, detrás de los quechuas en Ecuador y la comunidad japonesa en Brasil.

Mientras aún no sabía cómo manejar este dato, llega un informe desde la 6ª Conferencia Misionera Internacional de Hermanos (IBCM6), celebrada en Ponzetia, cerca de Roma, en junio de 2015. Y aquí, ya lo digo, vamos a por la medalla de plata. En el ranking de jóvenes más ateos de Europa, en segunda posición (sí, redoble, venga), los jóvenes catalanes.

Los unos y los otros son los catalanes cuya lengua materna es el catalán, los jóvenes también. Estamos hablando de unos dos millones y cuarto de personas o más.

Para mí este segundo dato fue como un mazazo sobre el primer mazazo. Y ya me di por enterada.

Y al meditar sobre este hecho terrible, se me ocurrió que parte del problema podía venir de no aplicar el Principio nº 1 de Misionología: ‘Proclama el evangelio en la lengua de quien aún no conoce al Señor, para llegar a su corazón’.

¿Recuerda el lector la historia de Cameron Townsend? Cuando este misionero estadounidense se hallaba en Guatemala para evangelizar a los pueblos de la zona, ofreció a un hombre un folleto en español. ‘¿Tiene alguno en kakchikel?’, le preguntó el hombre. ‘No tengo ninguno, lo siento’, respondió Townsend. A lo que el guatemalteco replicó: ‘Bueno, si su Dios es tan grande, ¿por qué no puede hablar mi propia lengua?’

El esfuerzo y las dificultades lingüísticas para traducir al kakchiquel los primeros capítulos del evangelio de Marcos fueron grandes, pero mayor fue el entusiasmo el día que las personas allí en San Antonio pudieron leerlos en su propia lengua.

La historia de Cameron Townsend nos llena de alegría, pues además sabemos que posteriormente fundó la entidad Traductores Bíblicos Wycliffe, nombre en honor a John Wycliffe, el primero en iniciar una traducción completa de la Biblia al inglés medio. Desde 1942 han traducido la Palabra a cientos de lenguas, atendiendo incluso grupos lingüísticos que no disponían de alfabeto. ¡Qué labor tan enfocada en cumplir el mandamiento del Señor de ir por todo el mundo y predicar el evangelio!

¿Por qué tanto empeño y esfuerzo por traducir las escrituras a lenguas minoritarias e incluso en declive? ¿Por qué tanto interés en saber quiénes quedan por alcanzar, para orar por ellos y hacer lo necesario para que el mensaje de salvación y vida les llegue?

Porque estas personas tienen un corazón lleno de amor por sus semejantes que se están perdiendo para siempre. Y actúan.

¿Por qué no se ha predicado el evangelio en catalán en Cataluña? ¿Quizá mis conciudadanos no escuchan el mensaje maravilloso de la Biblia porque creen que es el de un Dios omnisciente que no conoce idiomas, que no conoce su lengua? ¿Los jóvenes catalanes están construyendo, entonces, su futuro al margen del Señor? ¿Qué sociedad van a levantar?

¿Por qué no hemos hablado en catalán en las iglesias de Cataluña? ¿Por qué apenas lo hacemos hoy?

¿Porque al dictador no le gustaban los ‘dialectos’? ¿Porque hemos heredado ese pensamiento único que no admite diversidad ni deja libertad? ¿Porque permitimos que la política decida en asuntos espirituales y respecto a la misión que nuestro Señor nos encomendó?

¡¡Quiero hablar con el responsable!!

Y entonces… entonces me doy cuenta de que el responsable soy yo.

Que no he amado a mi prójimo como a mí misma.

Que no he obedecido a mi Señor y Salvador, cediendo al chantaje emocional que se ha ejercido sobre nosotros cada día, sin tregua, desde diversos ámbitos.

Que, a pesar de que el sentido común me decía claramente que, como Pablo, me hiciera a todos de todo por amor al evangelio, para que se salvaran algunos, no lo he hecho.

Qué triste y vergonzante realidad.

Que el Señor me perdone.

Que el Señor nos perdone.

 

i De la agencia misionera de Richmond, Virginia

 

(Publicado en Protestante Digital el 24/09/2016: http://protestantedigital.com/magacin/40364/Quiero_hablar_con_el_responsable )

 

Vespreja

Sento el sopar espetarregant al foc –avui serà pollastre.

La ràdio informa com si res de tristors, tragèdies i decepcions.

La gossa espera, davant la porta del carrer, que arribi algú altre: jo no estic gaire per festes, en aquest moment.

Surto al balcó. L’aire gronxa tota la verdor dels arbres que, des d’aquí estant, semblen un riu mans i amic, les ones del qual ajuden a descansar els ulls castigats de la feina, del dia sencer, de les penes.

Aixeco la mirada cap el cel i, abans d’acabar d’enfosquir, un núvol encés de rosa travessa el blau a la banda de muntanya.

img_1426Respiro. Profundament. La frescor i la tranquil•litat d’aquesta hora reconforta.

El dia ha portat alegries també, gràcies a Déu. I reptes.

La vida segueix.

Vaig a veure com està el pollastre…

Una vista magnífica del mar, des d’aquí dalt, i a mà dreta, allà lluny, el castell de Blanes; i badia rere badia, al fons de tot, entre una broma persistent –per més clar que sigui el dia-, Montjuïc.

En general, riures i veus alegres, i guitarres, ukeleles i aprenents de cantaires; i gossos enjogassats i llenyataires vocacionals, i timbes improvisades amb concentració de professionals.

És temps de fotos, de menjar tot el que es deixi cuinar a la brasa, de fer el llangardaix prenent el sol o d’abrigar-se com una esquimal, segons el caprici del cel; de caminar, de llegir, de no fer res… De pensar, de recordar, fins i tot de sommiar…

Trobem a faltar la nostra cronista de vacances, la família escampada per tot arreu, els estimats que tenim  mig adoptats i aquells que amorosament ens han acollit amb els braços oberts.

És temps de bandes sonores diverses, segons qui connecti el mòbil als altaveus.

És temps de respirar profundament.

És temps de parlar, de descobrir, d’aprofundir, de perdonar, d’estimar.

És temps de vacances, és temps de família.

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