Yo no sé cuál fue tu motivo, pero la cuestión es que viniste a vivir aquí, a la casa justo al lado de la mía. Dijiste que el Señor confirmaba tu decisión, y que podrías servirle en cualquier lugar donde Él te llevara.
Pero te encontraste con que las cosas no eran exactamente como las habías imaginado: por supuesto todo fue más difícil, más complicado de lo que pensaste o te dijeron y, además de los demases, resulta que llegaste a un lugar donde hay una cultura propia, con una idiosincrasia y una cosmovisión particular, y una lengua singular y distinta a la que tú esperabas.
Yo te saludé con afecto, procuré facilitarte los asuntos que estaban en mi mano, y te recibí en mi casa. Y te miro cuando estás aquí, a mi lado. Poco a poco has ido expresando que el clima de este nuevo lugar no te complace, que el paisaje no tiene comparación con el de la tierra que te vio nacer. Y no sé la razón, pero constato tu creciente animadversión por quien soy, por cómo soy, y veo tu intolerancia y hostilidad cuando me expreso en la lengua que recibí de mis mayores, y tu exigencia de que yo cambie. ¿Perdón?
Querido Jonás, ¿qué haces en Nínive si no querías testificar a la gente de aquí de ese Dios que te salvó de tus pecados y te trajo a esta tierra? En serio, me pregunto qué ronda por tu cabeza. Y puede que te enumeres muchas excusas del porqué de tu obstinación e impermeabilidad, pero no son válidas si sigues el ejemplo del mismo Señor Jesús o del apóstol Pablo: ¿quién cambió? ¡El Dios eterno se encarnó, se hizo un igual entre nosotros! Y Pablo se hizo a todos de todo, por ver de ganar a uno solo para el Evangelio.

¿No estarás tratando de huir hacia Tarsis? Observo cómo te resistes a perder las señas de identidad de tu lugar de origen, cómo procuras mantener las costumbres, las comidas, los días señalados, tu vocabulario propio sin apenas concesiones. ¿Te das cuenta? Me duele que me pidas que yo, en mi casa, en mi propia casa, renuncie precisamente a esto mismo, querido Jonás.
O quizá ya estás a la sombra de la calabacera, enojado con Dios, mi querido hermano Jonás… Si es así, entonces te diría que te espera una historia complicada con tu Señor por el tema de tu fidelidad a su comisión.
Yo me examino, y le pido a Dios que no me permita ser un jonás para ti.
Que Él nos ayude, y bendiga a su iglesia para que ‘de todo linaje, y lengua y pueblo y nación’ sean alcanzadas las personas para Cristo. Y las catalanohablantes, también.
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