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Archive for 8 agosto 2012

Hacia París

Hasta aquí ha sido una pequeña degustación de esta Francia tan grande y, sin embargo, abarcable en cierta medida. Llevo los ojos llenos de verde y de nubes; el cuerpo venía de nuestro abrasador agosto esperando más verano, y me he encontrado de repente a finales de octubre.

Encaramada a las Dunes de Pyla, mientras contemplaba aquella cadena de arena tan alta y tan larga surgiendo al lado mismo de un bosque duro y oscuro, tocando el océano, me imaginaba una conversación del Creador allá en el principio: “Pongamos un pequeño montoncito de arena aquí, que le hará gracia al Hombre, ya verás…”.

He paseado por bosques húmedos y sombríos, con la familia, cruzando arroyuelos de agua naranja, saltando piedras, trepando rocas, caminando por el barro, donde la luz del sol se filtraba con tal imaginación y belleza, que la visión del cuadro me hacía llorar.

La mirada al Mont Saint Michel ya desde el aparcamiento era impresionante. La abadía emerge tan soberbiamente alta sobre la roca que el resto del pueblo parece de juguete, pero tiene su Gendarmerie, su La Poste, sus tiendecitas en las pequeñas calles, sus restaurantes con comedores sorprendentemente amplios, sus gorriones que entran en todas partes y, como una plaga, buscan comida en todas las casas, sus hoteles, incluso un pequeño cementerio. Me pareció que justo ahí, en ese campo santo, se acabaría el jugar.

Cuando ya marchábamos de Mont Saint Michel ocurrieron dos cosas buenas. La primera fue que nos encontramos con una hermana y un hermano de esa gran familia que Dios nos ha regalado y que tenemos por todo el mundo. La segunda fue que empezó a subir la marea y, en un momento, todo comenzó a parecerse más a las postales. Lo que no acabamos de entender es lo de las compuertas…

 

Cada noche, después de cenar y de leer un capítulo de Isaías, jugábamos al cufu. Creo que he ganado todas las partidas, fuera con el equipo que fuera. Ahí lo dejo.

Ahora nos dirigimos en coche hacia París. Ha llovido, ha salido el sol, hemos parado para repostar gasolina, cafés y sopas. Aún queda carretera por delante y mucha música. La mía sigue proscrita.

Yo no puedo decir todavía que siempre nos quedará París. Pero con alegría puedo afirmar que me quedan, hasta aquí, muchas cosas buenas. Miro alrededor, miro hacia atrás, incluso miro muy lejos, y puedo apreciar lo que me queda de bendiciones. Otras ni siquiera las conozco, o no las distingo, o en mi inconsciencia e ingratitud las doy por sentadas.

Quisiera que los que me rodean tuvieran también una vida rica e intensa, y que fuera así sin importar si a día de hoy es corta o larga. Quisiera serles de bendición…

De camino hacia París pienso también en lo que debería olvidar, en las páginas que tengo que pasar, en los fantasmas que no debo permitir que me visiten. Todo se andará.

Pero hoy por hoy puedo decir que siempre me quedará Francia. Y siempre me quedará Irlanda. Y Cunit, y Montecarlo. Y siempre me quedará l’Hospital de Sant Pau, y la iglesia de calle Cantabria. Y siempre me quedará Montbau… ¡Y podría seguir con tantos lugares, tantos momentos cotidianos, tantas miradas y gestos, tantas pequeñas cosas! Me quedarán todas las mañanas y el bon deia, nenas, és hora de llevar-se, y el desayuno, y el ir al colegio como una pequeña trouppe, y los juegos de la tarde, y que casi nadie quiere hacer los deberes ni ducharse, y la cena dulce, de familia, cada día, tantos días…

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La France

carreteres França

Sé que m’ho podreu discutir, però França són camps de gira-sols al costat de la carretera, i el Garona, ample i mandrós, i esglésies esveltes de punxes, i castells, i esglesiotes pesades de maons, i música al cotxe, des d’Under  the Sea, dels A Teens, passant per Sloop John B, dels The Beach Boys, fins a I’m sexy and I know it

França torna a ser el Garona, més ample encara però marró, vorejant una ciutat majestuosa, i vinyes i altres conreus que una dona de ciutat no pot identificar, però que es veuen endreçats i curosos, escampats sobre una terra ondulada i suau.

França és el que avui tenim al davant, aquesta mar brava, amb les marees tan sorprenents cada cop pels qui venim de la mediterrània; i el sentit de l’humor del Creador en posar una duna immensa aquí, enmig d’un bosc del nord i a tocar de la costa.

França és la família, els que hi són, amb els qui fem excursions aquests dies, ens repartim els llits dels apartaments, juguem a cartes, llegim Isaïes, i els qui trobem a faltar, però són al nostre cor.

França és la resta del camí. Els llocs que encara volem trepitjar, i fer-los nostres amb els ulls, amb el nas, amb la pell. És la vida nova, especialment per als fills que en breu comencen definitivament la seva pròpia, plens d’amor i d’alegria, amb aquesta il·lusió que els desborda.

França és la música d’una llengua, misteriosa per a nosaltres, que ens recorda el vell poema rebut dels pares: “Se admiraba un portuguès / que todos los niños de Francia / desde su más tierna infancia / supieran hablar en francès. / ‘Cosa diabólica es…”. El que és la ignorància! Ens costa fer-nos entendre, però aquest cop podem constatar dues persones que s’han passat a l’espanyol, i dues a l’anglès! Encara ho estem paint, de goig…

Aquests dies França també és record. Hem deixat a casa molts que estimem, que compleixen anys aquests dies. Potser si aquesta nit aixequen els ulls i miren la lluna plena, veuran que somriu en gabatxo-català: serà la nostra felicitació per a tots. I serà també una salutació pels amics que volem retrobar a la tornada.

Però, sobretot, i des d’allà dalt, la lluna, tan bonica, li podrà dir al Joan que, com no pot ser d’una altra manera, és al nostre cor, i el portem a tot arreu, perquè l’estimem.

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