Es curioso que, con el paso de los años, en lugar de comprender mejor el hecho de tu encarnación, cada vez se nos muestra más como un misterio insondable. Sin embargo, nos conmueve pensar en su significado. Porque sabemos con toda seguridad que tu nacimiento como humano a nosotros nos representa vida, vida en abundancia, vida plena, vida eterna.

Cuando pensamos que, como Dios que eres, eres espíritu, y además infinito en todos tus atributos, nos asombra tu disposición a dejarte aprisionar por la limitación de la materia de un cuerpo, de un cuerpo de carne, de huesos, de sangre, formado por células y átomos, y tan pequeñito y desvalido al principio, el de un bebé. Y te sujetaste también al tiempo. Y sufriste cansancio, hambre, frío…
Que tu nacimiento en nuestra tierra era especial lo señalaba el ángel, rodeado de un gran resplandor, y todo aquel coro celestial que le acompañó. ¿Sabes? Alguna vez hemos deseado conocer cómo sonaría aquella música inigualable que anunciaba el nacimiento del niño-Dios, y por eso hubiéramos querido ser uno de aquellos pastores de Belén. ¡Cuántas veces hemos pensado que es una lástima no poder disponer de la partitura, o de una partitura simplificada, porque ya imaginamos que la música angelical no debe ser fácilmente transcribible a pentagrama! Continua llegint »
aluenga (Ávila), el pueblo en el que residía junto a su mujer y dos hijas.





¿Por dónde comenzar a abordar esta cuestión? Siempre será mejor hacerlo por el principio, es decir, poniendo nuestros ojos en la palabra de Dios para valorar si el asunto merece nuestra atención, y si debemos preocuparnos o no al respecto, no vaya a ser que perdamos el tiempo en cosas sin relevancia alguna.
Allí alquilaron, gracias a una hermana de la iglesia en Madrid, el local de una cantina y, domingo tras domingo, en un pueblo de doscientos cincuenta habitantes, se reunían para el culto evangélico unas doscientas personas. Si la reunión comenzaba a las siete de la tarde, una hora antes ya había gente a la puerta para entrar. Muchas veces he pensado la alegría que eso produciría en el corazón del matrimonio misionero: ¡por fin el evangelio daba fruto! Varias personas manifestaron haber aceptado al Señor, y debía ser un gozo hablar de la Palabra cada vez que se presentaba la ocasión.