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He tenido la gran fortuna de tener a varias abuelas en la familia, cercanas a las pequeñas y no tan pequeñas vicisitudes de mi existir, durante todos los años de mi vida… hasta este pasado viernes.

La última mujer que ostentaba esta categoría para mí, la de abuela, partió discretamente, de la mano de su hija, a su morada eterna. Sé de cierto que estuvo rodeada de cariño y atenciones tiernas todo el tiempo, y también sé que algunos ángeles vinieron en misión especial para asistirla en su último viaje. ¡Tenía tan poquitas fuerzas a sus 97 años!

Araceli Alonso Alonso nació en Navares de Enmedio, provincia de Segovia, en 1914, y fue la última de tantos hermanos, que me temo que nunca he sabido cuántos ni quiénes eran exactamente: el de Santander o el País Vasco, no puedo asegurarlo; la de Pedraza de la Sierra; la de Soria; los de Barcelona; el abuelo Juan, el padre de familia…

La tía Araceli vivió nuestra guerra civil: el horror de aquellos días, las muertes injustificadas, la asistencia a los damnificados que jamás se repusieron, ni ella misma. Yo la vi llorar, muchos años después, por toda aquella tragedia sobrevenida. También tuvo que afrontar una vida dura, y la pérdida del esposo en un tristísimo accidente. Y la enfermedad, y los problemas, y las decepciones.

Pero la abuela Araceli vivió una vida plena. Y todo comenzó el día que conoció a Dios de manera personal, sí, aunque parezca increíble, y aceptó a Jesús como su salvador y guía.

Nos cuentan su hija, su yerno, sus nietos, y el bisnieto que la llamaba ‘iaieta’, que Araceli fue una mujer íntegra, discreta, amable, que hizo gala de un saber estar exquisito en cada circunstancia. Y nos añaden que cada día, mientras la vista la acompañó, leía su Biblia, para conocer más y más a Aquél a quien ahora ya está viendo cara a cara. Como por las noches el sueño le huía, oraba, en largas conversaciones de gratitud y de intercesión, y adoraba a su Señor, y pedía por los suyos, por las necesidades de su pueblo, por los problemas de sus conocidos. En los últimos años también le falló el oído, y eso impedía que supiera al punto quién entraba en la casa y cuándo. Y su yerno la sorprendió en más de una ocasión cantando alabanzas a su Dios y salvador, en la cocina, mientras fregaba los platos o preparaba la comida…

Una vida entera, larga y entera, de fe, confianza y fidelidad.

Yo recuerdo a la tía Araceli sonriendo, cariñosa, dándome besos, repartiendo dulzura. Esperaba llevarle en mano la invitación para la boda de mi hija, para que se alegrara con nosotros… Quizá creí que siempre estaría aquí, que nunca se marcharía, y que habría tiempo. ¡Qué tonta fui! Y echando cuentas, ahora veo que hace mucho que no la visitaba.

En todo caso, es para mí un honor haberla conocido. Y me honra llevar la sangre de Araceli Alonso, la última de los Alonso Alonso de Navares de Enmedio, que vivió durante muchos años en Mollet del Vallès. Pero mucho más me alegra formar parte de esa otra familia, la que ella eligió y yo también, la que formó Jesús de Nazaret al precio de su propia sangre. Por eso sé que volveré a ver a mi tía Araceli, aunque ahora guarde la pena de su pérdida: porque ella ya está en la casa del Padre, que es adonde yo me dirijo también.

En mis últimos veinticinco años de vida he visto en el cine más películas de dibujos animados que de las otras. No digo que estuvieran mal (es más, algunas estaban francamente bien), pero a mí me apetecía ver películas con personas humanas, actrices y actores interpretando papeles. Debo confesar que también disfruté de las hechas por ordenador, que me asombraban por su perfección.

Pero mi vida cambió cuando llegaron las sagas de Harry Potter y Piratas del Caribe. ¡Por fin! Pelis de niños con personas de carne y hueso…

Acabo de ver Piratas del Caribe, la cuarta entrega: En Mareas Misteriosas. Me habían dicho que el argumento era el más flojo de los cuatro, yo ya me temía que no salía Will Turner (Orlando Bloom), pero, aun y así, claro que fuimos a verla.

¡Qué queréis que os diga! Los más guapos, los más dignos y elegantes, los que sabían a qué atenerse y no perdían el rumbo ni el objetivo, los españoles. Y sólo hace falta comparar los reyes: Óscar Jaenada, por los españoles; Richard Griffiths, ¡el tío Vernon de Harry Potter!, por los ingleses (¿qué nos ha pasado desde entonces, que éramos un país donde nunca se ponía el sol?). No me extenderé hablando de las melenas tan bien cortadas, las capas sobre esos trajes que les sentaban como un guante, las espadas, la apostura… En fin. Que por ahí, la película ya iba bien.

Y el argumento, pues de aventuras, como debe ser. Con piratas que se ahogan en tierra y necesitan un barco, y que buscan la Fuente de la Juventud, y tienen un mapa; con sirenas traicioneras, con buenos y malos, con Barbanegra –el pirata al que temen los piratas-, Angélica (Penélope Cruz), nobles y ruines; y Jack Sparrow, perdón, el capitán Jack Sparrow, tan zumbado y tan pirata como siempre. Y todo con muy buen ritmo, muy buena fotografía de unos paisajes de ensueño en ocasiones, y la espléndida banda sonora de Hans Zimmer, esta vez de la mano de Rodrigo y Gabriela, con sus guitarras, que la hacen más nuestra.

Supongo que los guionistas ya lo tienen todo considerado, pero yo apuntaría, como temas insoslayables para la próxima entrega: recuperar La Perla Negra e incorporar de manera más o menos verosímil a Will Turner. Lo demás lo dejo a su criterio, que hasta aquí lo han hecho muy bien.

Al llegar estas alturas del mes de junio, cuando el calor mediterráneo comienza a dejarse notar y lo más inteligente sería irse a dar una vuelta por el paseo marítimo, o bajar al parque o a la rambla como mínimo, algunas de las madres, tozudas nosotras, cabezotas y tercas donde las haya, no nos dejamos vencer por la tentación ni por unos boletines de notas desastrosos.

¿Que nuestros hijos no han hecho apenas nada durante el curso? Vamos a conectarles las neuronas y, en dos semanas, vamos a sacar todas esas asignaturas rebeldes. Sí, desde la primera evaluación hasta la última. ¿Que no se puede? ¡Y tanto, que se puede! Algunos ya saben de qué hablo.

Se organizan equipos de ataque y se elabora un plan: el padre se ocupará de ciencias naturales, física, historia, plástica; la madre de matemáticas, sociales y tecnología, lenguas diversas y literaturas; siempre puede pedirse ayuda a otros parientes cercanos o jóvenes estudiantes que tengan la decencia de no dejarte colgado porque ellos también tienen exámenes en la universidad.

Estos días, cuando sales a comprar y te cruzas con una madre, le dices: ‘Qué, cómo lo llevas’. Y ella puede que te conteste: ‘Este año me están costando un poco los problemas de movimiento elástico e inelástico y de diferencia de potenciales; y las integrales, porque el año pasado no acabé de entender muy bien lo de los límites…’

Y tú te acuerdas de la madre de tus hijos… que en definitiva eres tú.

A ellos les oyes entonar de nuevo la canción de principios de cada verano: ‘El año que viene… trabajaré desde que comienza el curso… haré todos los deberes… que no cuesta nada poco a poco… estudiaré para cada examen…’ Te sabes la letra y la música, y también que es pura fantasía.

El día de la entrega de notas tú estás como un flan. Y no eres la única. Y escuchas las valoraciones de un padre: ‘Al final me ha quedado inglés. Nos centramos mucho en las mates y en natus. Y también plástica, pues se ve que nos faltaban dos láminas por entregar’.

Porque, que nadie se engañe, el curso nos lo sacamos nosotros en estos casos. Y somos nosotros, los padres, los que pasamos. Y nuestros hijos están contentos… pero nosotros mucho más, por la pereza que supone volver con los mismos temas hijo tras hijo. Y si encima tenemos que repetir…

P.D. Para los que quedasteis preocupados por Oker y su nueva tendencia destripadora: los especialistas nos han informado (y no es broma) que se debía al estrés que vivía la familia por causa de los exámenes finales. Queda dicho.

Oker

Sigo encerrada en mi habitación. Desde hace rato tengo sed, pero no me atrevo a salir. Aunque ahora no la oigo, sé que anda por ahí fuera, al acecho. Tiene un oído tan fino que, por más que yo crea que no hago ruido, ella siempre está en la puerta, aguardándome con esa mirada que no sé interpretar pero que, en todo caso, me echa para atrás. Especialmente ahora que se ha manifestado como una digna sucesora de Jack, sí, el Destripador.

Si no recibo auxilio exterior, en mi situación actual que me impide los movimientos rápidos… Para ser más exacta, que me impide los movimientos. Este dolor que me atenaza la espalda desde la zona lumbar  me invalida como ser móvil, y podré resistir apenas unos días, una semana como mucho.

Ahora me doy cuenta de que hubo circunstancias que teníamos que haber interpretado como indicios, o como oportunidades para librarnos de ella. A las cuatro horas de estar con nosotros en la casa se rompió una pata. ¡Pobrecilla, si es un cachorrillo! ¿Nadie recuerda el escalofriante sonido, en la noche, cuando rondaba con su pata de palo? Si la pirata detenía su ronda era que estaba destripando, ya en aquel entonces, lo que encontraba a su paso.

Ten paciencia, que aprenderá. Pues alguien le está enseñando al revés. Yo echo cuentas: dicen que para los de su especie los años corren de diez en diez, o más. ¿Cómo puede revelarse ahora tan aficionada a comerse cables, enchufes, auriculares, cascos? ¿Por qué destripa todos los cojines del sofá? ¿Piensa dejar algún pomo de algún mueble sin desmigajar? Yo lo interpreto como una señal a tener en cuenta porque, en realidad, su instinto natural es la carne, comer carne cruda…

Yo no pienso salir de la habitación hasta que alguien venga a rescatarme de las garras de Oker la Destripadora. Y quizá, cuando deje de tomar este cóctel de calmantes, pueda ver las cosas de otro color…

 

Ja sé que no es pot ocupar un espai públic sense autorització. Però tampoc es poden retallar les pensions de jubilació dels qui han treballat tota la seva vida. Ni les despeses per a la salut pública, que posen en perill, literalment, les vides de les persones. Ni es pot rebaixar el pressupost per a l’educació, més o menys encobertament, perquè en depèn directament el futur de tots plegats.

No es pot acampar indefinidament i sense permís a una plaça emblemàtica d’una ciutat, ni a cap altra. Però tampoc es pot anar de govern per a la pau, la llibertat i la democràcia i ser tots còmplices en la fabricació i venda d’armament com a grans productors, o mentir sobre els vols de la CIA i totes aquelles històries fosques respecte a assassinats per ordre de no se sap qui, o sí, de persones sense dret a judici. I és vergonyós fins a l’oprobi presentar-se com a candidat per a ser elegit per altres estant imputat en diverses causes penals. És infame, no es pot fer, i es fa. I ningú en demana comptes.

Quan les paraules no serveixen, ni les queixes escrites, ni les urnes, a fi de que canviïn les formes i el contingut del que és social i polític i, per tant, ens afecta a tots, ¿no es pot pensar en una altra manera de fer arribar la protesta?

Sabem del cert que la majoria dels que ens governen no tenen cap preocupació quotidiana i essencial que s’assembli a les nostres: On em tocarà que neixi el meu nadó? El torn mèdic que m’atendrà, serà prou bo? A la casa on tinc la fortuna de viure a cobert, ja hi cabrà tot el que és necessari? Si puc comprar-me un cotxe, on l’aparcaré? Com atendré la meva mare si viu a un barri amb zona verda que no puc pagar i el transport públic per arribar-hi em triga una hora i mitja, mentre que en cotxe són vint minuts, i a més a la nit ni t’ho explico? Trobaré plaça a l’escola que triï pels meus fills? Si algú dels meus es troba malament, podrà ser diagnosticat a temps i per minimitzar el sofriment? Podria seguir…

Ells tenen xofers, garatges, hospitals privats i, si no, es fan tancar els públics per a ells solets i ens diuen que mira què bo que és el servei de tots; paguen escoles diferents; treballen una part insultantment curta de temps i ja tenen dret a la pensió de jubilació completa…

Que perquè n’hi ha uns d’indignats, es preguntaran. No és per enveja: és per la injustícia, pel greuge, per l’insult. De cada dia, des de fa tants anys.

I què ha molestat de les concentracions? El civisme, l’educació, l’autogestió, l’intercanvi pacífic d’idees, l’organització a tots els nivells, els valors que es transmetien… i que s’encomanava perquè il·lusionava. I la gent que sortia de casa seva, de davant la tele… Perquè tenien raons i creien, potser ingènuament, que les podien defensar sense violència. Com allò que ens han ensenyat a admirar de Martin Luther King o de Gandhi.

Hipòcrites. Han trobat l’excusa. El maleït futbol. Que és prioritari. Que fins avui és l’única raó per la que la gent surt de casa, i es discuteix acarnissadament, i pot morir del disgust o l’alegria.

Si demà s’ha de celebrar la Champions, jo hagués posat als mossos a protegir de totes totes als indignats, per si algú, massa content per la beguda o d’aquells violents que de vegades s’infiltren, pretenia espatllar la pau. O hagués convidat als campions a anar a una altra banda: serà que no és gran la ciutat… i és de tots!

El món ens estava mirant i s’il·lusionava també, sobretot alguns joves. Doncs veieu: la policia de la democràcia colpejant persones assegudes i pacífiques. S’havia de netejar… No cola.

És un escàndol. És vergonyós. Però potser, en algun despatx, es va considerar que, per damunt de tot, els indignats el que són és perillosos per aquest sistema podrit…

Esperar

Me comenta un sobrino -un sobrino de esos que la vida te regala, que no son hijos ni de tus hermanos ni de tus hermanas, pero que son parte de tu familia de manera indisoluble-, me comenta, digo, acerca del tiempo que dedicamos en nuestra vida a esperar. Me habla de los tiempos entre dos situaciones, de que tarda dos horas y media en llegar al trabajo. De las pausas.

Los tiempos de las esperas son de distintos colores, pues se tiñen según el sentimiento que nos inspira lo que aguardamos. Amarillos o calabazas los de la espera de las notas de los exámenes, según hayamos estudiado o no. Gris claro o gris oscuro, dependiendo de que vayamos o volvamos del trabajo, cansados ya de la jornada. Azul es la espera del amor, roja la de un diagnóstico médico. Si aguardamos la llegada de un hijito, de una hijita, el tiempo toma todos los verdes, por la ilusión, los temores, los sueños, la alegría. Si quien se acerca es la muerte, la tonalidad siempre es muy oscura y no permite distinguir el color. La espera del fruto de lo bien hecho es anaranjada; la del momento de la reconciliación es púrpura, como el atardecer.

Mientras vivimos, esperamos. Y nuestra vida se colorea según lo que aguardamos. Y en las pausas, cuando nos detenemos un momento a meditar en qué estamos, podemos apreciar los matices, el brillo, el ángulo en que da la luz… y si en nuestra espera hay esperanza.

Deseo que en todo lo bueno que aguardas, tengas esperanza. Y en lo que no la tengas, encuentres el consuelo verdadero, el que quita la sed y el dolor del alma. Y, para después de esta vida, te deseo anclado en la esperanza viva.

Sr. Zapatero,

Le escribo como madre. Sepa usted que una de las cosas que procuro enseñarle a mi hijo es que la vida puede afrontarse bien o mal, tomando decisiones acertadas y sabias, frente a opciones imprudentes o directamente equivocadas y dañinas. Y que, a pesar de todo, ocurra lo que ocurra, siempre hay esperanza, porque los seres humanos tenemos la capacidad de escoger el bien, y andar unidos por ese camino.

Hubo un tiempo oscuro en que un presidente pretendió que le apoyábamos como país en una guerra contra personas como nosotros, que encima tenían la desgracia de ser gobernadas por un dictador sanguinario. Mi hijo recuerda las caceroladas de protesta que muchos ciudadanos llevamos a cabo para tratar de detener aquella locura argumentada con insultos a la inteligencia.

Su memoria tampoco podrá borrar los terribles atentados de Madrid. Era un niño de ocho años, y el horror de aquellos actos, de aquellas horas, de aquellas muertes incomprensibles e inexcusables, quedó grabado en su alma para siempre.

Entonces llegó usted, Sr. Zapatero. Como un soplo de esperanza para muchos, se lo comentaba al principio, para algunos niños también, pues ellos observan nuestro mundo con sus ojos receptivos y ávidos de bondades. Nos devolvió usted, a los pocos días, nuestras tropas en Irak. Y mi niño sonreía, lo recuerdo perfectamente. Yo veía en él su confianza en los adultos, que han dicho una cosa y la cumplen.

Luego… luego pasó todo lo que pasó, Sr. Zapatero. Que si la crisis no existía, que si lo de ‘aprobaré el Estatuto que salga del Parlamento de Catalunya’. Y muchas más cosas. No sé de cuántas se dio cuenta mi hijo mientras crecía. Ahora está en bachillerato. Por su naturaleza reflexiva, porque ha tenido también algunos buenos profesores, porque en la adolescencia todas las cosas se cuestionan, y porque en casa también procuramos que piense por sí mismo, se convenza de las cosas y actúe, mi hijo nos sorprende muchas veces con sus conclusiones. Que son meditadas y propias, pero son juveniles y a veces, por falta de datos, pueden ser un poco peregrinas.

Pero el otro día nos desconcertó en la mesa afirmando que cree que, después de ver cómo ha ido la Historia, el mejor gobierno es una dictadura. Sí, señor, una dictadura, dijo. Blancos los demás, ya se puede figurar, Sr. Zapatero. ¿Cómo dices, hijo? ‘Sí, con pocos muertos, los menos posibles…’ Yo tragué saliva. Afortunadamente, el bocado lo había tragado un momento antes de escuchar su afirmación, si no igual hubiéramos tenido una emergencia médica, además. ¿Por qué dices eso? Lo pregunté sin juzgar con mi tono de voz, con actitud de escucha activa, mirándole a los ojos… y con los pelos del alma de punta. Porque sabía que lo había pensado. ‘Por la corrupción que hay, mama’, dijo.

¡Ah! No se lo he comentado antes, Sr. Zapatero. Pero mi hijo no es muy hablador. Ése era su desalentado resumen después de observar el panorama con sus ojos, que van llegando a la edad adulta. Y sepa usted que en menos de un año y medio mi hijo podría votar, si quisiera.

Pero para que lo haga, para que deposite su confianza en alguien como para que gobierne su país, alguno debería darle de nuevo un poco de esperanza. Y orientarle bien. A mí no me va a escuchar demasiado, pues dice que las madres dulcificamos todo, respecto a ellos mismos y sus capacidades, respecto al mundo que les rodea… Mejor contéstele usted, Sr. Zapatero. Que siendo Presidente igual tendrá alguna clave que nos iluminará a los padres también, para no creer que se nos insulta por activa y por pasiva, día sí y día también.

Y ya puestos, dé las gracias a Strauss-Kahn. Ayuda mucho en todo esto que le comento.

Febe Jordà

No sé quién es, me dirás. Pues yo te lo cuento: una persona que vivió su vida con pasión y sencillez. Pasión por Jesús, a quien había conocido de manera personal siendo joven, gracias a su familia cristiana y su casa llena de Biblias, y pasión por las personas, muy especialmente las más necesitadas. Y sencillez, porque no se desvió tras las aclamaciones o reconocimientos públicos, la ceremonia, ni los grandes eventos multitudinarios.

El pasado miércoles 27 de abril sufrió un accidente de coche que le hizo perder su vida aquí en la Tierra. Y los que le recuerdan, los que hablan de él, insisten en su integridad, en su mensaje bíblico, sin concesiones a las modas, radical, y en su fe en su Dios y Salvador.

Uno de sus hijos, Gary, decía el día 29 de ese mismo mes: Mi padre fue conocido por su ilimitada fe. Él creyó que Dios podría cambiar las vidas de miembros de pandillas y transformar a los drogadictos más desesperados. Él creyó que una iglesia dinámica podría ser establecida en el corazón de Times Square, en la ciudad de Nueva York. Él creyó que podría ser un hombre que amara bien a su esposa e hijos. Y lo hizo.

En medio de tiempos tan confusos, donde nos conviene creer que todo es relativo para, no dando la talla, sentirnos igualmente magníficos, cobra un valor especial saber de personas íntegras, esforzadas, fieles. Y, aun sabiendo que no hablamos de perfección absoluta, la lealtad, la entrega y la honestidad nos abruman, por poco frecuentes.

David Wilkerson recogió su experiencia en el libro La Cruz y el Puñal, que fue llevado posteriormente al cine. Todo comenzó cuando en 1958 vio la foto en la revista Life de siete adolescentes condenados por asesinato, y tuvo compasión como la del Señor Jesús. El trabajo en aquel barrio, los conflictos, las pruebas, la lucha… y los triunfos en el nombre del Salvador impresionaron a millones (la película fue doblada a 30 idiomas), entre ellos a una servidora.

Han pasado más de tres décadas desde mi lectura del libro, y del que se leía a continuación, Corre, Nicky, corre, que era el testimonio de uno de los pandilleros convertidos a Cristo, y doy gracias a Dios porque yo he tenido el honor de conocer personalmente a mujeres y hombres de esta misma talla, aquí, cerca, a mi lado, en ámbitos distintos, pero con rasgos comunes que les identifican. Son personas que sueñan los sueños de Dios en favor de otras personas y trabajan incansablemente, porque saben en quién han creído, y conocen lo que Él es capaz de hacer.

Algunas ciudades, en determinados momentos, en según qué barrios y zonas, parecen querer aprisionarnos. Sólo presentan paredes, la mayoría de las veces en toda la gama de grises, ocres y marrones, a modo de laberintos carcelarios, con pocas posibilidades de salida.

Algunos días caminamos por las calles atendiendo a los semáforos, procurando no chocar con los otros peatones, intentando no pisar las deposiciones caninas, y vamos con prisa, abstraídos en nuestras miserias, que también nos atrapan y en ocasiones casi nos engullen.

Si por casualidad, o porque oímos el trino de un pájaro, o una radio que suena desde una ventana, alzamos los ojos, nos sorprendemos al ver las copas de los árboles columpiándose suavemente con el viento, en sus distintos tonos de verde que dejan filtrar porciones alargadas de sol. E instintivamente ralentizamos el paso y respiramos un poco más hondo. Y, si mostramos algo más de inteligencia activa, alzamos todavía más la vista y nos damos cuenta de que, más arriba, se ve el cielo, limpio, espectacularmente azul. Y nos preguntamos qué hacemos el resto del tiempo con la cabeza gacha en lugar de levantar la mirada, y cómo podemos ser tan descuidados con estas cuestiones. Entonces nos damos cuenta de que a lo lejos, más allá de los edificios, de los cables y de la ciudad, se encuentran las montañas, y encima, o detrás quizá, no se distingue muy bien, se levantan unos cumulonimbos (se llaman así, ¿verdad?), ¡que brillan en dorado!

Y todos los días podríamos disfrutar este espectáculo, o alguno parecido, u otro completamente distinto pero igual de impresionante. Simplemente deberíamos alzar la mirada, ¿no?

Algunas personas son felices contemplando escaparates de tiendas de ropa. A otras se les hace la boca agua frente a las pastelerías, colmados y ciertos establecimientos de alimentación presentados con esmero. A otras se les van los ojos admirando las joyas expuestas en esas delicadas muestras detrás de unos cristales que reflejan brillos exquisitos. Otras disfrutan acercándose a los libros.

Títulos, autores, diseños de portada… contraportadas, argumentos, más títulos, más autores, el olor del papel, más historias, los sueños que intuyes, las breves biografías de los escritores, los clásicos, la sección de novedades, el olor de la tinta, las rarezas, la música y la luz y el sabor y el olor y el frío y el hambre en palabras… los pasillos y las estanterías de la librería, la librera y el librero expertos, los poemas, más cuentos, la caricia furtiva a una portada especialmente atractiva… la alegría y la soledad y la perplejidad y el dolor y la traición y la pérdida, más poesía… Y se te pasa el tiempo que no te das ni cuenta, y no encuentras el momento de marchar, y te cuesta elegir entre tanto bueno y, si no fuera porque el bolsillo te ayuda a decidir y el espacio en tu casa te aconseja definitivamente prudencia, te llevarías diez, quince, veinte volúmenes en cada incursión a esos que tú consideras templos de todas las otras vidas posibles.

Este sábado 23 de abril en toda Cataluña es la fiesta de los libros y las flores, y la primavera y la alegría. Así lo vivimos muchos. Confieso que tiene más encanto cuando coincide con un día laborable y el ambiente es igualmente festivo. Pero de todos modos van a estar los autores firmando sus obras en las ramblas de los pueblos y ciudades, en las aceras delante de las librerías, acompañados de los puestos de rosas de colores casi imposibles. Estarán los autores consagrados, los que están haciéndose un huequecito en el universo de las palabras, y los absolutamente noveles.

Y para los lectores, especialmente, será su gran fiesta. Porque es cierto que muchos paseantes asaltarán las calles y se contagiarán de un espíritu obsequioso difícil de describir, que acompañado de sol y de multitudes, crece año tras año. Pero aquél que lee siempre, que tiene autores favoritos, el que ha descubierto a alguien… ése celebra sinceramente el motivo del día.

Aquí al lado estarán firmando Almudena Grandes, Elvira Lindo, Eduardo Mendoza, Carmen Posadas, Espido Freire, Emili Teixidor, Maruja Torres, Rosa Montero, Manuel Rivas, Asha Miró, Paul Preston, Sergi Pàmies… ¡Qué maravilla!