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Algunas ciudades, en determinados momentos, en según qué barrios y zonas, parecen querer aprisionarnos. Sólo presentan paredes, la mayoría de las veces en toda la gama de grises, ocres y marrones, a modo de laberintos carcelarios, con pocas posibilidades de salida.

Algunos días caminamos por las calles atendiendo a los semáforos, procurando no chocar con los otros peatones, intentando no pisar las deposiciones caninas, y vamos con prisa, abstraídos en nuestras miserias, que también nos atrapan y en ocasiones casi nos engullen.

Si por casualidad, o porque oímos el trino de un pájaro, o una radio que suena desde una ventana, alzamos los ojos, nos sorprendemos al ver las copas de los árboles columpiándose suavemente con el viento, en sus distintos tonos de verde que dejan filtrar porciones alargadas de sol. E instintivamente ralentizamos el paso y respiramos un poco más hondo. Y, si mostramos algo más de inteligencia activa, alzamos todavía más la vista y nos damos cuenta de que, más arriba, se ve el cielo, limpio, espectacularmente azul. Y nos preguntamos qué hacemos el resto del tiempo con la cabeza gacha en lugar de levantar la mirada, y cómo podemos ser tan descuidados con estas cuestiones. Entonces nos damos cuenta de que a lo lejos, más allá de los edificios, de los cables y de la ciudad, se encuentran las montañas, y encima, o detrás quizá, no se distingue muy bien, se levantan unos cumulonimbos (se llaman así, ¿verdad?), ¡que brillan en dorado!

Y todos los días podríamos disfrutar este espectáculo, o alguno parecido, u otro completamente distinto pero igual de impresionante. Simplemente deberíamos alzar la mirada, ¿no?

Algunas personas son felices contemplando escaparates de tiendas de ropa. A otras se les hace la boca agua frente a las pastelerías, colmados y ciertos establecimientos de alimentación presentados con esmero. A otras se les van los ojos admirando las joyas expuestas en esas delicadas muestras detrás de unos cristales que reflejan brillos exquisitos. Otras disfrutan acercándose a los libros.

Títulos, autores, diseños de portada… contraportadas, argumentos, más títulos, más autores, el olor del papel, más historias, los sueños que intuyes, las breves biografías de los escritores, los clásicos, la sección de novedades, el olor de la tinta, las rarezas, la música y la luz y el sabor y el olor y el frío y el hambre en palabras… los pasillos y las estanterías de la librería, la librera y el librero expertos, los poemas, más cuentos, la caricia furtiva a una portada especialmente atractiva… la alegría y la soledad y la perplejidad y el dolor y la traición y la pérdida, más poesía… Y se te pasa el tiempo que no te das ni cuenta, y no encuentras el momento de marchar, y te cuesta elegir entre tanto bueno y, si no fuera porque el bolsillo te ayuda a decidir y el espacio en tu casa te aconseja definitivamente prudencia, te llevarías diez, quince, veinte volúmenes en cada incursión a esos que tú consideras templos de todas las otras vidas posibles.

Este sábado 23 de abril en toda Cataluña es la fiesta de los libros y las flores, y la primavera y la alegría. Así lo vivimos muchos. Confieso que tiene más encanto cuando coincide con un día laborable y el ambiente es igualmente festivo. Pero de todos modos van a estar los autores firmando sus obras en las ramblas de los pueblos y ciudades, en las aceras delante de las librerías, acompañados de los puestos de rosas de colores casi imposibles. Estarán los autores consagrados, los que están haciéndose un huequecito en el universo de las palabras, y los absolutamente noveles.

Y para los lectores, especialmente, será su gran fiesta. Porque es cierto que muchos paseantes asaltarán las calles y se contagiarán de un espíritu obsequioso difícil de describir, que acompañado de sol y de multitudes, crece año tras año. Pero aquél que lee siempre, que tiene autores favoritos, el que ha descubierto a alguien… ése celebra sinceramente el motivo del día.

Aquí al lado estarán firmando Almudena Grandes, Elvira Lindo, Eduardo Mendoza, Carmen Posadas, Espido Freire, Emili Teixidor, Maruja Torres, Rosa Montero, Manuel Rivas, Asha Miró, Paul Preston, Sergi Pàmies… ¡Qué maravilla!

A veces se me atasca la pena. Una va cargando con lo que la vida, en su transcurrir cotidiano, te depara en cuanto a dificultades diversas: preocupaciones por la convivencia en la casa, las cuestiones de salud de la familia, la situación económica que hay que ir trampeando de la mejor manera que se te ocurre, los anhelos que van perdiéndose y ahogándose una no sabe dónde ni cuándo.

Pero hay ocasiones en que se suman golpes innecesarios, caprichosos e injustos en forma de decepciones tan grandes, tristezas tan abrumadoras, ofensas, que no es que se te hace un nudo, sino una pelota de nudos que se queda suspendida por encima del esternón, entre los pulmones, e irradia una opresión hasta los hombros que no te permite caminar erguida, un picor hacia los ojos y una pesadez hacia las piernas que te hace difícil avanzar.

Y te sientes tan anonadada que no puedes ni llorar. Te cuesta conciliar el sueño y si, después de noches de insomnio lo consigues porque tu cuerpo cae derrotado, apenas tienes unos segundos al despertar antes de que la pena vuelva a caer sobre ti con todo su peso.

Sabes que necesitas llorar, que te ayudaría a liberar parte de tu dolor. ¡Qué bendito mecanismo de alivio y sosiego! Pero no puedes. Y miras la programación de esa noche a ver si dan alguna película que ayude a llorar. Algunos ya me entendéis, pero quizá más algunas.

Pues bien, hoy necesito una peli para llorar.

Algunas personas disponemos de un balcón muy bien aprovechado: es trastero, y allí está el armario de herramientas y utensilios varios, útiles en raras ocasiones, pero que descansan en ese lugar con aspecto de practicidad y conveniencia para un posible futuro teórico; también lo usamos para tender la ropa, con la buena fortuna de que está orientado al sudeste y bien ventilado, pues da a una calle amplísima; y, además, es jardín.

Allí, en nuestro apañado balcón, juega nuestro perro (que también tenemos; bueno, para ser más exactos, no juega: mira pasar los coches, los autobuses, sus otros congéneres que en esos momentos no están prisioneros), y presumimos de cuatro tiestos en los que las plantas han decidido sobrevivir.

Hace seis días, seis exactamente, el jazmín echó una preciosa flor blanca. Hace tres, ya eran una veintena. Y ahora, que han comenzado a estallar como fuegos artificiales, el balcón huele a ese perfume penetrante que sólo recuerdo de mis vacaciones de pequeña en Valencia o en Andalucía, o en algún frasco de El Corte Inglés, sección perfumería, muy conseguido.

Esta mañana, antes de ir a trabajar, he salido a por una pieza de ropa al balcón. Con esto del cambio de hora de este fin de semana, apenas clareaba. Pero con el olor a jazmín, el frescor de la temperatura y una cita para comer con un querido amigo, el día prometía.

Sin embargo todo se ha estropeado cuando este amigo me ha contado someramente de su hermano y su mujer. Éste parece que es un hombre violento, que ha torturado psicológicamente a su compañera todo el tiempo que han convivido. Se han separado en alguna ocasión, luego se han reconciliado como en las películas, con lágrimas y buenos propósitos, y romanticismo… para volver a caer en lo mismo. Pero ya ha llegado el primer golpe físico. Ella le ha denunciado, él le ha pedido perdón, ella ha retirado la denuncia… ¡”y van a volver a intentarlo”!

¡Esto es de manual! Él volverá a golpearla. Ahora ya ha comenzado. Y la va a hacer vivir en el infierno y la matará, antes o después, en vida, o del todo. Es un maltratador, y la historia siempre, siempre, funciona así.

Hay niños, además, en medio de estas tristes existencias.

Es horroroso. No es que un día que empezaba bien se estropeó hacia la mitad. Es que hay una mujer cuya vida peligra, y unos niños que, de una manera u otra, también.

Hasta hoy, las espectaculares reconciliaciones parece que hacían sonreír, incluso reír, a los familiares cercanos. Desde el momento de la primera agresión física ya no hay lugar para la risa. Sí para la prevención y la protección. Frente a una muerta ya no hay remedio.

Aunque hoy lunes era el día oficial, el viernes estallaba ya en la ciudad la primavera, y un sol cálido y amigo bañaba las calles y los árboles, los rostros y nuestro espíritu. Eso en casa.

Porque al mirar hacia otros lugares, el corazón se nos sigue encogiendo. No sólo son las recientes veintiuna mil víctimas del terremoto y el posterior tsunami en Japón, así, en primera instancia, sin contar los otros cientos de miles de afectados. Es la alarma radiactiva, tan grave, que ya están el mar y los peces contaminados también, entrando en otra línea de la cadena alimentaria. Y nos cuestionamos al respecto de la obtención de energía para nuestro actual sistema de vida, y quisiéramos hacerlo con seriedad.

También miramos al sur, a lo que ocurre en los países árabes. Las revueltas, los muertos. Gadafi. Y pensaba cómo el pueblo libio debe querer sacudirse de encima al sanguinario dictador, que le masacra. Y cómo también, a estas alturas, tiene la esperanza puesta casi únicamente en el exterior. Y ésta se ha concretado… quizá. Yo recordaba lo que sabemos del ejército republicano español, en nuestra triste guerra, esperando también ayuda de los países libres. Y salvo los románticos de las Brigadas Internacionales, pocos más acudieron a detener al que se erigió en dictador en España.

Me sorprendo deseando una intervención militar en favor de los rebeldes libios, cuando estuve tan en contra de la intervención en Iraq. Si los gobiernos se inmiscuyen, me digo, es por los intereses económicos que hay en juego. O los electorales. O por cualquier otro rédito positivo que creen poder obtener, lo sé. Pero me abruma pensar en las personas sufriendo a manos de quien tiene la responsabilidad de llevarles a buen puerto.

Y me desespero. Porque frente al dolor de tantas mujeres, de tantos niños, de tantos hombres, no me siento con suficientes elementos para juzgar sin temor a equivocarme. Lo que sí tengo claro es que a Gadafi, y a todos los que son como él, alguien debe pararles los pies. De una vez por todas.

¿Para qué escribo? Para comunicar algo. Escribir me resulta un reto, me divierte, es un placer ir resolviendo cada fase, cada pequeño paso de la narración de la manera que considero más adecuada, más atractiva para el lector, más bella, que mantiene el ritmo y el suspense. Sin embargo escribo para expresar, para decir, para mostrar.

Durante muchos años creí saber que tenía cierta facilidad para manejar las palabras, pero llegando al planeta Tierra a estas alturas de la Historia, me daba la sensación de que, con toda seguridad, ya estaba todo dicho, y que yo difícilmente podría aportar algo nuevo o informarlo de una forma original.

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La noche

Las calles, anchas y desiertas a esta hora, reflejan dudosamente la luz de las farolas. Las distintas tonalidades de anaranjados y blancos pretenden vencer la negrura de la noche, mientras las sombras se agazapan en los recovecos de las fachadas, en los portales, detrás de los árboles del parque, debajo de los arbustos, las papeleras, los coches.

Los semáforos, como estúpidos, siguen regulando un tránsito inexistente. Unos pasos, cortos y secos, apresurados, percuten en el suelo, hasta que el golpe de una puerta los ahoga.

Sabe a ciencia cierta que no se oye nada más. Y, sin embargo, un sonido estremecedor alcanza su alma. ¿Qué es? -se pregunta, mientras su corazón, sobrecogido de terror, no sabe dónde protegerse. Aguza el oído: un coche, a lo lejos, parece perseguir la nada a toda velocidad; un camión, quizá el de la basura… sí, engulle las miserias; por un momento, una ventana ha dejado escapar con impertinencia una música tristísima. Es la noche, sólo es eso… -se dice, sin convencerse. Es esta insufrible noche, que penetra por la piel, que se cuela por los oídos y la nariz, y que, queriéndose apoderar de la mente, ensombrece los ojos. No es nada más que la noche.

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Llega con el tiempo demasiado justo a la oficina. No sabe muy bien por qué, pero desde hace unos meses los minutos se le escapan desde que se levanta, y no le cunden como antes. La ducha, un breve desayuno… y porque la ropa y cualquier otra cosa se las deja preparadas ya por la noche: por la mañana no atina a conjuntar las piezas, a planchar la camisa, a coger los documentos que debe llevar.

No tiene la certeza de a qué es debido, pero ella lo sospecha, y ha leído que la leche de soja le puede ayudar. En todo caso no le hará ningún mal. Si no fuera por ese sabor a pintura mezclada con césped que le encuentra… También le da la sensación de que la ciudad se ha agrandado, que las distancias son más largas. Sale una parada después en el metro porque el camino hasta el trabajo lo puede hacer cuesta abajo.

Quizá es el colchón, porque siempre está cansada, aun cuando se levante después de dormir las ocho horas que dicen que son las necesarias. Tal vez debería considerar la posibilidad de comprar uno nuevo.

Si al llegar a casa no tuviera que hacer escalas en las tiendas, y cargar la comida para los suyos; si no tuviera que poner la lavadora en cuanto pisa el hogar, ni destender la ropa seca; si no quedaran camas por hacer, y estuviera ya todo barrido…

Sabe que el tiempo no perdona. Y le da vueltas a esa nada que se mide. Por la huella que va dejando en su cuerpo, en su rostro; por la fuerza y la destreza que le ha ido robando; por la lentitud y el empequeñecimiento que le ha proporcionado. Continua llegint »

Parece que mis piernas, por fin, responden y caminan. El sendero se dibuja bajo mis pies a medida que avanzamos, mostrando como sombras los olivos, los arbustos, los peñascos. Las colinas, familiares, las de siempre. Y el cielo, salpicado de infinitas estrellas, como en tantas otras ocasiones. Aún se oye desde aquí el balido de alguna de las ovejas, abandonadas precipitadamente por ver si es cierto. Que lo es. Porque ha ocurrido realmente.

 Hace un instante: aquel ángel estaba allí, con nosotros, y aquella luz, más intensa que la de mil soles, nos ha rodeado. Y nos hemos asustado. Era claro que estábamos en la presencia del Señor. Y hemos oído las palabras, y poco a poco hemos levantado nuestros rostros, y nuestro corazón se ha llenado de un gozo y una reverencia infinitos. ¿Es hoy, el día? ¿Es aquí el lugar? Sí, la ciudad de David, Belén efrata dijo el profeta… Tantas veces anunciado, tan anhelado durante tantos años por su pueblo, tanto tiempo con la esperanza puesta en Él, ¿y ha nacido ya, el Cristo, el Mesías?

Y se nos ha anunciado a nosotros. ¿Cómo se ha fijado el Señor en estos montes? ¿Ha oído nuestros rebaños? ¿Escuchaba, quizá, nuestras palabras? ¿Que miraba, nuestro Dios, a nuestro corazón? El deseo de su venida es gritado por sus hijos, en medio de los que, por la tardanza, aseguran y argumentan que no vendrá. ¡Ha venido, el Salvador…!
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Carta a Jesús

Querido Jesús: De nuevo nos disponemos a celebrar con alegría tu nacimiento. No queremos despistarnos, no queremos distraernos con los adornos, con las luces, los escaparates y la música, Señor.

Es curioso que, con el paso de los años, en lugar de comprender mejor el hecho de tu encarnación, cada vez se nos muestra más como un misterio insondable. Sin embargo, nos conmueve pensar en su significado. Porque sabemos con toda seguridad que tu nacimiento como humano a nosotros nos representa vida, vida en abundancia, vida plena, vida eterna.

Cuando pensamos que, como Dios que eres, eres espíritu, y además infinito en todos tus atributos, nos asombra tu disposición a dejarte aprisionar por la limitación de la materia de un cuerpo, de un cuerpo de carne, de huesos, de sangre, formado por células y átomos, y tan pequeñito y desvalido al principio, el de un bebé. Y te sujetaste también al tiempo. Y sufriste cansancio, hambre, frío…

Que tu nacimiento en nuestra tierra era especial lo señalaba el ángel, rodeado de un gran resplandor, y todo aquel coro celestial que le acompañó. ¿Sabes? Alguna vez hemos deseado conocer cómo sonaría aquella música inigualable que anunciaba el nacimiento del niño-Dios, y por eso hubiéramos querido ser uno de aquellos pastores de Belén. ¡Cuántas veces hemos pensado que es una lástima no poder disponer de la partitura, o de una partitura simplificada, porque ya imaginamos que la música angelical no debe ser fácilmente transcribible a pentagrama! Continua llegint »